UN TESORO DE VERONA

Si visitamos el norte de Italia, Verona es una de las ciudades que no debemos dejar escapar. No solamente porque la elegancia de sus calles nos atrae constantemente, sino porque además podemos dar con sorprendentes vestigios romanos, y no hablamos únicamente de la famosa Arena. La ciudad alberga numerosos tesoros derivados de sus esplendores históricos. Una de esas maravillas es sin lugar a dudas la iglesia de Sant’Anastasia.

Sant'Anastasia de Verona: fachada gótica. Gótico meridional

Fachada principal de Sant’Anastasia, única parte no concluida de la iglesia

La edificación empezó a construirse en 1290 y es un impresionante ejemplo del Gótico meridional italiano. Está ubicada en pleno casco histórico de Verona y se erigió gracias a la familia gobernante del momento, los Scaligeri, y con la colaboración de otras familias potentes de la ciudad. Se sitúa donde habían existido anteriormente dos iglesias dedicadas a Santa Anastasia y a San Remigio, las cuales eran cuidadas y dirigidas por frailes dominicos. Cuando se tomó la decisión de alzar una sola iglesia, los mismos frailes pidieron que fuera erigida en honor a uno de los mártires más famosos de la Orden Dominica: San Pedro de Verona, oriundo de la ciudad y canonizado en 1253, es decir, en fecha cercana a la citada de 1290. Los veroneses, sin embargo, debido a la devoción que profesaban a Santa Anastasia, siguieron denominando a la iglesia por esta advocación. Las obras de construcción se prolongaron hasta el 1500. De enormes dimensiones, es la iglesia más grande de la ciudad, con tres naves sostenidas por doce columnas de mármol rosso di Verona (un preciosísimo mármol que se obtiene en las montañas cercanas a la ciudad, el cual posee un sugerente color rosado y una textura de apariencia mantecosa totalmente singular).

Sant'Anastasia de Verona, Gótico meridional, mármol rosso de Verona, bóvedas decoradas

El alucinante interior de Sant’Anastasia con sus bóvedas de crucería laboriosamente decoradas

Como podemos apreciar, el interior de Sant’Anastasia es una verdadera gozada. Nos adentramos en un espacio gótico por excelencia, generoso, dinámico, muy diferente al Gótico septentrional, con la particularidad de las decoraciones que lo embellecen, dándonos una sensación de luminosidad y de recubrimiento del espacio que, al contrario de saturarnos, lo que hace es invitarnos a respirar con placidez. Fijémonos un poquito más de cerca en estos motivos ornamentales:

Sant'Anastasia de Verona, bóvedas ornamentadas, santos, iluminaciones

Decoraciones de una de las bóvedas de Sant’Anastasia con retratos de santos y ornamentaciones principalmente vegetales

Al vernos inseridos en este entorno absoluta y minuciosamente ornamentado, parece que nos hemos infiltrado en el interior de un manuscrito repleto de iluminaciones, como si formásemos parte de las páginas de un pergamino medieval. La sensación es realmente impresionante.

La iglesia custodia multitud de obras de arte diferentes, pero hay un rinconcito elevado que requiere nuestra atención. Hablamos del detalladísimo fresco San Giorgio e la principessa de Pisanello:

Pisanello, Sant'Anastasia, San Giorgio e la principessa, obra maestra

Antonio di Puccio Pisano, llamado il Pisanello, nos muestra su maestría en el fresco pintado en Sant’Anastasia

El fresco, en un primer momento, formó parte de la decoración íntegra de la capilla Pellegrini de la misma iglesia, encargada hacia 1434. Desgraciadamente, problemas de humedades echaron a perder los muros de dicha capilla destruyendo las pinturas.  Solamente se pudo salvar este fragmento, considerado la obra maestra del pintor. De este modo, se trasladó esta parte superviviente donde la vemos hoy, encima de uno de los arcos del transepto. La pintura nos muestra el momento clave en que san Jorge se dispone a montar su caballo blanco e ir a dar muerte al dragón, bajo la mirada impasible y refinada de la princesa, que vemos de perfil. La calidad de la ejecución de Pisanello es extraordinaria, sobre todo si observamos la textura de ropajes y armaduras, incidiendo  además en el realismo con que pinta los caballos en escorzo, una habilidad al alcance de pocos. Distinguimos, al fondo de la composición, la aparición de una ciudad de cuento, con torres y arquitecturas variadas, que confieren al paisaje una sofisticación especial. En la parte superior izquierda vemos, no sin perplejidad, dos ejecutados colgados del cuello. ¿Pisanello nos quiere mostrar aún más realismo? ¿Tiene la voluntad de integrar en su paisaje una imagen habitual en la cotidianeidad de las ciudades de la época? ¿Puede haber algún simbolismo oculto en la representación de los ajusticiados?…

Como hemos apuntado anteriormente, podríamos detenernos continuamente dentro de Sant’Anastasia y no pararíamos de descubrir elementos y detalles que nos llamarían la atención. De este modo, si al entrar a la iglesia no hemos reparado en ello, seguro que al disponernos a salir, casi nos tropezaremos con unos callados personajes de naturaleza pétrea. Son sin duda una auténtica maravilla: los jorobados que sostienen las pilas del agua bendita.

Jorobados de Sant'Anastasia de Verona, sufrientes esculpidos, pila de agua bendita

Escultura, sufrientes esculpidos, Sant'Anastasia, pila de agua bendita

Jorobados de Sant’Anastasia. Podemos apreciar el color y textura del mármol rosso de Verona

Estos sufrientes esculpidos, como podemos observar estupendamente realizados, soportan perennemente sobre su espalda un peso descomunal. Nos acordaremos entonces, que según la tradición, debemos tocar precisamente su joroba para que nos dé suerte: así que no podemos dejar de hacerlo antes de abandonar este fenomenal monumento veronés.

LOS CARDUCHO DE EL PAULAR

Una buena manera de conocer arte que nos pueda sorprender es acercarnos a nuestras producciones artísticas. Es el caso del Real Monasterio de El Paular, ubicado a unos dos kilómetros del núcleo poblacional de Rascafría, en el Valle del Alto Lozoya, en plena sierra madrileña y en el riquísimo entorno del parque natural de Peñalara.

El Real Monasterio de El Paular

En origen, el monasterio perteneció a la Orden de los Cartujos y es fundación real fechada en 1390, de hecho, fue la primera cartuja de Castilla y la sexta en territorio español. Por circunstancias históricas diversas, actualmente la vida monástica sigue activa, pero los monjes que la llevan a cabo son benedictinos.

Sobra decir que la visita al monasterio es altamente recomendable, no solo por donde está situado sino también por las sorpresas artísticas que custodia. Nuestro objetivo en ese sentido se dirige hacia el claustro mayor del monasterio. Contiene, perfectamente integrados en su arquitectura gótica flamígera, nada más y nada menos que cincuenta y dos lienzos pintados por el florentino afincado en la corte española Vicente Carducho (c.1576-1638), donde se plasma la historia de los cartujos y de su fundador San Bruno.

Escudo de los cartujos, situado en el claustrillo de El Paular, donde vemos las siete estrellas que simbolizan a San Bruno y a sus primeros seis compañeros con quiénes fundó la primera cartuja en Chartreuse (1098)

 Han llegado hasta nuestros días cincuenta y dos pinturas de las cincuenta y cuatro de toda la serie, así como algunos bocetos y dibujos. Lo peculiar del asunto es que estas sugerentes telas de tamaño considerable: 3,45×3,15 m, estuvieron en su emplazamiento hasta la 1835. Con la desamortización aplicada a los bienes eclesiásticos, las pinturas fueron trasladadas al convento de la Trinidad de Madrid. Allí estuvieron aletargadas hasta 1872, cuando pasaron a formar parte de los fondos del Museo del Prado. Por sus grandes dimensiones, no fue posible ni su exhibición ni su almacenamiento, así que se repartieron entre A Coruña, Valladolid, Jaca, Burgos, Sevilla, Córdoba, Zamora, Tortosa y Poblet. Durante la Guerra Civil los dos lienzos trasladados a Tortosa desgraciadamente desaparecieron.

Por fortuna, y después de un largo proceso de restauración y negociación, desde julio de 2011 podemos ver los cincuenta y dos lienzos cartujanos colocados definitivamente en su emplazamiento original. La sensación es prácticamente indescriptible. Pasear por el precioso claustro y poder contemplar estas enormes obras perfectamente armonizadas con la estructura arquitectónica que las acoge es una experiencia artística completa e irrepetible, sobre todo si tenemos en cuenta que se ha hecho justicia y se ha podido reunir, para nuestro disfrute, una obra desmembrada.

Claustro mayor de El Paular con los lienzos restablecidos de Carducho, pintados entre 1626 y 1632

Las pinturas se dividen en dos grupos definidos: las veintisiete primeras ilustran la vida de san Bruno, desde el día que abandona la vida pública y se retira a Chartreuse, hasta el momento de su muerte y el primer milagro que produce. El segundo grupo está dedicado a hechos notorios que los cartujos realizan por diferentes países europeos y en épocas diversas, los cuales comprenden episodios que van desde el siglo XI hasta el XVI. Este ciclo cartujano contiene además escenas que quieren reforzar la imagen de los monjes como héroes de la fe, como mártires de la Orden Cartujana y como ejemplo de estudio, sacrificio y contemplación divina. Carducho refleja en estas obras la esencia de la religiosidad barroca, la cual pretende que el espectador se identifique con el sufrimiento del personaje representado y, a través de la devoción, se conmueva y refuerce la fe en sus creencias religiosas.

Muerte del venerable Odón de Novara, lienzo de El Paular, por Vicente Carducho

Carducho fue uno de los pintores más prestigiosos y valorados de la corte madrileña. Llegó a territorio español de niño -en 1585-, con su hermano Bartolomé, también pintor, procedente de Florencia y en calidad de su ayudante, para formar parte del equipo de artistas que en ese momento estaban trabajando en San Lorenzo del Escorial. Al cabo de los años, y por su talento manifiesto, adquirió rango de pintor de corte, compartiendo este título con Velázquez. Dicen las malas lenguas que rivalizó ferozmente con él, aunque si nos ceñimos a la realidad documentada, los dos pintores ejecutaron obras de temática muy distinta en la corte. De este modo, el sevillano se ocupaba más de pintura profana y retratos de corte, mientras que el italiano realizaba obras de tema religioso e histórico.

Lo cierto es que Carducho nos demuestra en las telas de El Paular que dominaba perfectamente el naturalismo propio de la época, la concepción del espacio, la capacidad de narrar mediante imágenes precisas, la movilidad de las figuras, la utilización de la gestualidad expresiva barroca, el dominio del color y la luz y la plasmación de la vivencia mística y extática a través de las visiones divinas. No en vano Carducho es el autor de uno de los tratados de pintura más importantes e influyentes de la época, los Diálogos de la Pintura (1633), obra de referencia –incluso hoy en día- para entender el pensamiento artístico del Barroco. Todas estas cualidades las vemos reflejadas, por ejemplo, en la Muerte del venerable Odón de Novara, que podemos contemplar arriba. Disfrutad del color, del contraste de luz y sombra, de la delicadeza gestual, de la expresividad intensa del momento y de la integración barroca de lo terrenal y lo divino. Totalmente extraordinario.

Por cierto, se dice que el personaje arrodillado delante del moribundo cartujo es un autorretrato del propio Carducho…

… A PROPÓSITO DE FERRARA

Situémonos a finales del siglo XVI, en una Ferrara potente y próspera, concretamente en la corte de la familia d’Este, los gobernantes de esta localidad de la Emilia-Romagna. Desde 1559, Alfonso II d’Este, duque de Ferrara, Módena y Reggio dirige la ciudad y será, junto a su tercera esposa Margherita Gonzaga d’Este, quién propiciará el prodigio que relataremos a continuación.

 

Castillo estense, la residencia en Ferrara de la familia d’Este. Podemos ver en la imagen el monumento al controvertido ferrarés Savonarola

El papel de las mujeres en la interpretación de la música en aquellos tiempos estaba relegado a los ambientes privados y era una forma de proceder que se extendió durante siglos. Recordemos, por ejemplo, que los roles femeninos de las óperas barrocas de temática mitológica, histórica, heroica, etc., eran desempeñados por los castrati, cantantes castrados con aptitudes vocales particularmente espectaculares y especiales. Esta dinámica se rompió temporalmente en la corte ferraresa de los Este. La historia no está muy de acuerdo en quién fue el verdadero impulsor del fenómeno que narraremos. Unas fuentes dicen que debemos el hecho al citado Alfonso II y otras recalcan que la idea salió de la capacidad emprendedora de su esposa Margherita. El caso es que en torno a 1580 en Ferrara se hizo realidad el Concerto delle Donne, el concierto de las damas, en plena corte estense.

Consistía básicamente en conciertos ofrecidos públicamente por tres cantantes femeninas, acompañadas por instrumentos y otras muchas veces por cantantes masculinos, que ofrecían recitales de altísimo nivel, los cuales aportaron prestigio internacional a la corte de los d’Este y que generaron composiciones a la carta, virtuosísimas y con un estilo de creación vocal único e inconfundible.

Tres damas renacentistas interpretando música. Bien podrían ser nuestras prestigiosas concertistas

 Sabemos quiénes eran estas famosas damas: Laura Peperara, Anna Guarini y Livia d’Arco y podemos constatar que oficialmente figuraban en la corte como damas de compañía de Margherita Gonzaga. Tenemos noticia de sus aptitudes vocales e instrumentales, ya que aparte de cantar, Laura tocaba el arpa, Anna el laúd y Livia la viola. Las crónicas cuentan que ensayaban y cantaban unas seis horas al día y que su personalidad en la corte estense estaba envuelta de misterio y encanto.

Trabajaban en la corte otros músicos y compositores que contribuyeron al buen hacer de las damas. Entre ellos destacaron Ippolito Fiorini y el más influyente: Luzzasco Luzzaschi, el cual compuso específicamente para el Concerto delle Donne, creando el exclusivo estilo vocal del que hemos hablado anteriormente, y que consistía en una exigencia vocal extrema, con multitud de ornamentos para ser cantados pulcramente y con el uso de las disonancias expresivas que más adelante el compositor Claudio Monteverdi llevaría a lo sublime.

Partitura de Luzzasco Luzzaschi para el Concerto delle Donne, con la composición O dolcezz’amarissime d’amore

Es legendaria la belleza de las voces de estas tres intérpretes, así como su elegancia, su maestría y virtuosismo y su magnetismo personal. Tal fue la fama que adquirieron, que poetas de primer orden como Torquatto Tasso, Gian Battista Guarini (por cierto, padre de una de nuestras tres damas, Anna Guarini), Ridolfo Arlotti o Ottavio Rinuccini les dedicaron poesía, básicamente madrigalística, la cual fue puesta en música por compositores de primer nivel como Orazio Vecchi, Luca Marenzio, Alessandro Striggio, Marc’Antonio Ingegneri, Giaches de Wert o Carlo Gesualdo.

Luzzasco Luzzaschi

Este experimento artístico proporcionó un cambio en la consideración de las mujeres respecto a la música. Se crearon grupos a imagen y semejanza en otras ciudades italianas como Florencia e incluso en el sur de Alemania, y lo más interesante de todo, las damas empezaron a poder estudiar y practicar música de forma pública en las cortes influyentes de la época.

Portada de una publicación de Luzzasco Luzzaschi para la corte de Alfonso II d’Este

 Os invito a que escuchéis composiciones escritas para el Concerto delle Donne, que disfrutéis y os dejéis llevar por el universo sonoro que nos regalan y transportan a otros gustos, a diferentes realidades sonoras por descubrir y para gozar. Piezas como Aura soave, O dolcezz’amarissime d’amore, O primavera gioventù dell’anno, Occhi del pianto mio, T’amo mia vita… de Luzzasco Luzzaschi, no os las podéis perder…

DEL CIELO AL INFIERNO EN FERRARA

Llegamos a Ferrara. Nos adentramos por sus calles estrechas hacia el centro y no podemos evitar la compañía de decenas de ferrareses en bicicleta. Efectivamente, la propia ciudad se denomina Ciudad de las bicicletas y presume del hecho que el 89 % de sus habitantes usan este saludable transporte. Seguimos andando y nos seduce más y más lo que nuestros ojos van captando. Vemos perfectamente por qué el centro histórico de Ferrara es Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1995 y por qué sus encantos medievales nos atraen como canto de sirenas.

Pórticos del antiguo mercado medieval de Ferrara

Nuestro itinerario fascinante por estas antiquísimas calles desemboca de pronto en un espacio espectacular donde se alza el singular muro sur de la basílica catedral de San Giorgio, el Duomo de Ferrara:

Muro sur del Duomo de Ferrara con la base porticada y el magnífico entramado de arcos y columnas

La visión impresiona por la dimensión descomunal del edificio, por el número de arcos que trazan este lateral y por la variedad de columnas esculpidas que podemos contemplar soportando los arcos de medio punto superiores:

Detalle de los arcos superiores con la variedad de columnas que los singularizan

Disfrutamos un buen rato de la particularidad de esta parte de la edificación y nos disponemos a rodear el Duomo para entrar a visitarlo. Tranquilamente dirigimos nuestros pasos hacia la entrada y al alejarnos de espaldas a la fachada principal para poder contemplarla en perspectiva, casi se nos corta la respiración cuando nos giramos y vemos esto:

La increíble fachada de San Giorgio de Ferrara

Realmente soberbia. No se nos puede escapar la estructuración armónica de la fachada, teniendo en cuenta que la base de la misma es de época románica y que por encima de ella se erige la continuación gótica perfectamente integrada en el conjunto. Es esta singularidad gótica la que nos llama la atención especialmente. Sobre el imponente arco de la entrada principal se alza una tribuna esculpida con intenciones muy concretas. Observamos un Juicio Final que cobra vida en piedra, para mostrarnos como Cristo juzga desde su mandorla divina y cómo los elegidos se dirigen civilizadamente en fila hacia el sí de Abraham (situado en el arco que flanquea la tribuna de frente a nuestra izquierda) o cómo los condenados desordenada y tortuosamente son conducidos directamente a las fauces de Leviatán o al caldero hirviente que se nos muestra (en el arco a la derecha de la citada tribuna). En una visión sintética, genuinamente gótica, pasamos del Cielo al Infierno en un solo recorrido, en un abrir y cerrar de ojos, en una instantánea sobrenatural plasmada ante nuestra atónita mirada. Somos testigos de una forma de pensar concreta que se nos abre y se sincera para que seamos capaces de olvidarnos, por unos momentos, de nuestra mentalidad de siglo xxi y nos empapemos de los mecanismos sofisticados del pensamiento gótico.

Tribuna con el Juicio Final y los dos arcos laterales con Abraham y el Infierno

Podríamos recorrer metro a metro cada recoveco de esta extraordinaria fachada y encontraríamos motivos de los que hablar en cada uno de ellos. Solamente nos fijaremos en un detalle más. En concreto una figura esculpida justo en la entrada (a nuestra derecha mirando de frente) debajo del arco principal de la fachada:

Jorobado sosteniendo la arquitectura de la entrada del Duomo de Ferrara

Ejemplo perfecto del repertorio infinito de figuras que el imaginario medieval nos ha legado, para nuestro gozo, pasión y suerte.

GIULIO ROMANO Y LA MANTUA DEL PALAZZO TE

Podemos sorprendernos por muchas razones cuando nos disponemos a admirar las obras de arte. Si esta admiración, además, implica contenido y continente, entonces debemos remitirnos a monumentos como el Palazzo Te de Mantua, la ciudad asomada a una bellísima laguna. Esta singular edificación, exponente al máximo nivel del Manierismo, es obra de Giulio Romano, el cual la proyecta arquitectónicamente y la decora en su interior con un espléndido, alucinante y rebosante repertorio de frescos.

Vista exterior del Palazzo Te, edificado entre 1524 y 1534 por Giulio Romano

El artista llega a Mantua en 1524  requerido por el mandatario del momento, Federico II Gonzaga y con el encargo de hacer de la ciudad y de la corte mantuana un lugar de referencia cultural, artística y de vanguardia. La función del palacio no es otra que la de uso y disfrute de Federico II Gonzaga y sus allegados. Es una construcción para el ocio, el goce y la diversión, como bien lo demuestran sus decoraciones, sin olvidar que toda la temática de los frescos que lo recubren conlleva un enorme contenido simbólico e intelectual y un gran conocimiento de la mitología greco-romana. Muestra de este despliegue increíble de saber visual es el recuento de estancias con pinturas asociadas: Sala de los Caballos, Cámara de Amor y Psique, Cámara del Sol y de la Luna, Cámara de los Vientos, Cámara de los Emperadores, Cámara de las Cariátides o Cámara de los Gigantes, entre muchas otras. Describir el momento en que nos adentramos en una de las cámaras como la de los Gigantes, pintada desde la base del suelo hasta el confín del techo con multitud de figuras en movimiento, es una tarea casi imposible por lo impresionante de la sensación.

Bóveda con falsa cúpula pintada de la Cámara de los Gigantes, con la caída de estos colosos y el triunfo del nuevo panteón de Dioses

El arte nos engulle literalmente y no podemos más que disfrutar de cada instante, de cada detalle, de cada visión espectacular.

Es interesante que nos detengamos un momento en el artífice que hace realidad esta obra de arte integral: Federico II Gonzaga, duque de Mantua. De hecho, Federico es el primer duque de Mantua, al recibir en 1530 la elevación del título que ostentaba la familia, por parte del emperador Carlos V, y que hasta ese momento era un marquesado. Federico era un gran mecenas de las artes, como hemos podido constatar. Llama a su corte a artistas de la talla de Tiziano o Correggio, a quién encarga obras mitológicas. Precisamente en el Museo Nacional del Prado podemos admirar uno de los retratos que Tiziano pinta del duque:

Retrato de Federico II Gonzaga, pintado por Tiziano en 1529

El empeño, la potencia y el gusto por la ostentación del poder permite que dirigentes como Federico II inviertan riqueza en las creaciones artísticas que hoy admiramos. Esta potencia de las ciudades-estado italianas era manifiesta y reconocida a nivel europeo. Mantua era un núcleo importantísimo y una referencia de prestigio militar y cultural indiscutible y, en consecuencia, sus gobernantes se erigían como ejemplo de las virtudes más relevantes de la época y como muestra de ejemplo político. Prueba de la importancia y la transcendencia pública que irradiaban estos personajes la tenemos en los frescos que Rafael pinta en las estancias vaticanas. Concretamente en La Escuela de Atenas, el artista retrata a nuestro Federico II Gonzaga, jovencísimo, en aquellos momentos retenido por el Papa en Roma por razones políticas. En una obra que quiere ensalzar las cualidades del pensamiento, el matiz político no pasa desapercibido y la dimensión pública de la familia Gonzaga deja su huella inequívoca en el devenir de la historia:

Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, hacia 1510 (detalle del retrato de Federico II Gonzaga)

Para concluir nuestra visita mantuana, recalcar que visitar el Palazzo Te es indispensable si queremos experimentar el atrevimiento de la arquitectura manierista, la inmersión en un arte sorprendente a cada paso y la traslación al pensamiento desbordante de finales del Renacimiento italiano encarnado en una de las cortes más prestigiosas y espléndidas de la Italia de la época. Por cierto, el nombre de este palacio, nada tiene que ver con el té…

GIOTTO Y MENABUOI EN PADUA

Si queremos poner a prueba qué cantidad de belleza son capaces de asumir nuestros ojos y cuanta emoción puede resistir nuestra alma, entonces debemos visitar Padua. La ciudad es bellísima, no solamente porque cuenta con monumentos extraordinarios sino porque además, pasear por sus calles porticadas, contemplando sus hermosos edificios, no tiene parangón.

Calle del centro de Padua

Dos de estos monumentos increíbles son sin lugar a duda la Cappella Scrovegni, situada cerca de la estación ferroviaria y el Baptisterio, ubicado al lado del Duomo.

La Cappella Scrovegni, también denominada Cappella dell’Arena por estar situada donde se alzaba el circo en época romana, es una pequeña edificación que encierra uno de los tesoros más preciados del arte medieval: un ciclo completo de frescos de Giotto. Si deseamos admirarla, lo mejor es concertar visita previa por internet. Cuando tenemos  la entrada en nuestro poder, primeramente pasamos a una sala donde debemos permanecer veinte minutos en una atmósfera protectora especial, que nos desintoxica, para proceder inmediatamente a visitar durante quince minutos esta maravilla del arte.

Giotto termina los frescos de la capilla en el 1306, después de dos años de trabajo. El ciclo cuenta visualmente las vidas de la Virgen María y de Cristo, respectivamente, con la inclusión del Juicio Final en el muro oeste de la edificación. Giotto recibe el encargo de las pinturas por parte de Enrico Scrovegni, un rico comerciante de Padua, cuyo padre había recaudado su fortuna por medio de la usura. Para sanear los remordimientos que Enrico siente al pensar de donde viene la riqueza de la familia, decide construir esta capilla para la redención de sus pecados y la edifica como capilla-panteón familiar, adyacente a su palacio residencial, hoy en día desaparecido.

Interior de la Cappella Scrovegni con los magníficos frescos de Giotto

Todos los frescos que podemos disfrutar en la capilla son una obra maestra, no sólo por la innovación técnica y formal que nos ofrecen sino también por el repertorio visual, expresivo y emocional que nos brindan. No en vano el gran maestro Miguel Ángel recurre a Giotto como modelo fundamental de su arte. Para muestra de ello, una imagen del Lamento por Cristo muerto con el que Giotto nos conmueve:

Si Giotto nos deja boquiabiertos con este despliegue de talento y belleza, Giusto de Menabuoi no queda atrás en los frescos que recubren el interior del Baptisterio paduano. Las pinturas, ejecutadas entre 1375 y 1378 son uno de los testimonios mejor conservados, más completos y de mejor calidad de la pintura del Trecento italiano. Pagando una entrada simbólica, podemos adentrarnos en el universo paralelo que significa visitar el Baptisterio y sumergirse en el arte de Menabuoi. De su pincel sale sin lugar a dudas, una pintura que sin fugarse de la influencia de Giotto, es capaz de imponer su personalidad y mostrar una originalidad, una huella expresiva y una infinidad de matices cromáticos realmente sublime.

Vista de la bóveda y parte de los muros con los extraordinarios frescos de Menabuoi

Poco sabemos de Menabuoi, solamente que nació en Florencia y que nos ha dejado, afortunadamente, estas muestras con las que alimentamos nuestras ansias de belleza.

Disfrutar de cada detalle, de cada gradación de color, de cada línea del dibujo de primera calidad de este artista, es algo de lo que no podemos prescindir si nos gusta apreciar el arte. ¿Hay posibilidad de dudarlo?

Escena de la expresiva Matanza de los Inocentes de Menabuoi

Es asignatura pendiente para los historiadores del arte estudiar a fondo este magnífico maestro, sus influencias, su entorno y su proyección posterior.