LA CAPA VERDE DEL ROMANO

Martín nació en Hungría, concretamente en la región de Panonia, en el año 316. Era hijo de un tribuno romano y de muy jovencito tuvo que alistarse en el ejército de Roma para ejercer de soldado a caballo en la guardia imperial. Se educó en Italia y cuentan las crónicas que era un aguerrido y valiente militar. En uno de sus viajes por los territorios en que las tropas romanas tenían que luchar, sucedió uno de los episodios más relatados, leídos, contados, representados y venerados de la cristiandad. Un invierno muy gélido, la tropa de Martín había entrado en la ciudad francesa de Amiens. Martín salió con su caballo a hacer un reconocimiento a los alrededores de la urbe y encontró a un pobre casi desnudo que le pidió limosna. Martín no tenía dinero para dar al mendigo, pero sí llevaba una gran y caliente capa que le protegía de los rigores del frío. No dudó ni un momento. Desenvainó su espada, cogió su capa y la cortó por la mitad, dándole al pobre una de las dos partes para que al menos pudiera abrigarse un poco. La hagiografía relata que esa misma noche Cristo se apareció a Martín en sueños ataviado con la misma media capa que había dado al mendigo. Desde esta vivencia, Martín adoptó un profundo sentimiento religioso, abandonó el ejército y acabó siendo obispo de Tours, en la misma Francia.

Sepulcro de San Martín en la basílica de Tours

Sepulcro de San Martín en la basílica de Tours

El gesto de Martín le valió la fama a través de los siglos. Su festividad se celebra el 11 de noviembre y realmente es uno de los santos que han despertado y despierta más devoción en todo el mundo. Por esta razón, las representaciones artísticas que ha suscitado han sido innumerables y magníficas. Entre estas manifestaciones devotas de San Martín quiero destacar el cuadro que El Greco dedica al momento estrella de la partición de la capa. Se trata de San Martín y el mendigo, un extraordinario lienzo que formaba parte del retablo mayor de la Capilla de San José de Toledo, cuya ejecución mantuvo intensamente ocupado al pintor griego entre 1597 y 1599. El retablo estaba dedicado en su advocación principal a San José, y en un principio la dicha Capilla estaba destinada a formar parte de un convento de carmelitas descalzas. El convento finalmente no se edificó, pero sí se erigió la Capilla y los herederos de su promotor -don Martín Ramírez- conservaron los deseos del mismo y llevaron a cabo la obra. Es por ese motivo que San Martín es también representado en la Capilla, en honor a su comitente. Observemos la extraordinaria obra:

Doménikos Theotokópoulos, El Greco, San Martín y el mendigo, 1597-1599, National Gallery of Art de Washington

Doménikos Theotokópoulos, El Greco, San Martín y el mendigo, 1597-1599, National Gallery of Art de Washington

El lienzo, que estaba situado en uno de los altares laterales de la Capilla fue vendido a la National Gallery of Art de Washington. Es realmente impresionante la cercanía de la acción, parece que el caballo del santo vaya a invadir nuestro espacio tridimensional de un momento a otro. En el fondo de la obra vemos el particular paisaje toledano que El Greco nos muestra habitualmente, con sus edificios estratégicamente colocados en medio de un clima tormentoso y misterioso que nos atrae sin remedio. El fondo deja de ser un mero relleno, para ser protagonista relevante de la buena acción del héroe. Éste, aparece vestido con armadura y atavíos propios de la época del pintor, que nos muestra estupendamente su maestría a la hora de plasmar el trabajo de ornamentación de la armadura, labrada magníficamente como es propio de las armaduras toledanas.

Fijémonos en el caballo. Es sobrecogedor. Un caballo blanco enorme, imponente, que nos mira con ojos penetrantes y que presagia sin duda los caballos que un poco más tarde pintará Rubens con toda su potencia.

Detalle del caballo de San Martín y el mendigo

Detalle del caballo de San Martín y el mendigo

San Martín se nos presenta en plenitud de su juventud: esbelto, proporcionado y elegante. El mendigo nos impacta por su altura superlativa que subraya tremendamente la delgadez de su figura y mueve a la caridad y a la compasión, que es el objetivo perseguido por la Iglesia en este tipo de representaciones devocionales. Podemos ver el alucinante contraste de colorido que El Greco nos plantea, para que lo saboreemos en cada centímetro de la obra y que nos lleva a disfrutar de su madurez como pintor y de su paleta riquísima de tonalidades siempre vivas. El impacto lumínico del cuadro seduce y nos lleva a su terreno. Es imposible que ese magnetismo nos deje indiferentes. Si miramos atentamente la imagen anterior, podemos admirar perfectamente un fragmento de la capa de Martín. El verde de la capa del santo. Según mi parecer, no hay nadie que haya logrado dar una vivacidad, una textura y una plenitud de matices en el color verde como lo hace El Greco. El pintor lo sabe y es por esa razón que ese brillante verde aparece en numerosas obras de su repertorio. Veamos dos ejemplos:

Doménikos Theotokópoulos, El Greco, San Pedro y San Pablo, 1595-1600, MNAC

Doménikos Theotokópoulos, El Greco, San Pedro y San Pablo, 1595-1600, MNAC

 

Doménikos Theotokópoulos, El Greco y taller, Pentecostés, hacia 1600, Museo Nacional del Prado

Doménikos Theotokópoulos, El Greco y taller, Pentecostés, hacia 1600, Museo Nacional del Prado

Simplemente genial. La cantidad de verdes que residen en ese verde es increíble. Es como si en esa manera de pintar el color se concentraran las posibilidades que la propia naturaleza nos brinda al presentarnos todos sus matices. Sólo los grandes maestros de verdad son capaces de mezclar una técnica impecable con la explosión de la expresividad. El Greco nos lo evidencia a cada pincelada.

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LA CELDA DE PEDRALBES

Apartada del centro de la ciudad, en la zona alta de Barcelona, se ubica una joya muy especial: el monasterio de Pedralbes. Su austeridad arquitectónica exterior, nada tiene que ver con la riqueza de obras de arte que alberga entre sus muros. El nombre Pedralbes, proviene de la suma de dos términos piedra y blanca, en referencia a la palidez de las piedras con las que fue construido, originarias de la zona.

Pedralbes: monasterio, clarisas, celda

Claustro e iglesia del monasterio de Pedralbes

Su creación tiene origen en una fundación real. Jaime II el Justo y Elisenda de Montcada son los artífices de la misma, en el año 1326. La orden religiosa encargada de dar vida al monasterio fueron las Clarisas. Evidentemente, al tener la fundación una génesis real, las monjas de la comunidad eran básicamente hijas de nobles, lo que facilitó al monasterio contar con grandes dotes y generosas posibilidades económicas, sobre todo si tenemos en cuenta que la propia reina Elisenda hizo de Pedralbes su lugar de retiro y decidió enterrarse allí.

Enfocamos nuestra mirada al claustro. Un magnífica obra arquitectónica de tres pisos que por sí sola ya vale la visita. Si además le añadimos que encierra nuestro sorprendente objetivo, tenemos la combinación perfecta. Efectivamente, es una de las dependencias del claustro lo que atrae especialmente nuestra atención. Se trata de una celda de oración. Pero como podemos imaginarnos, no es una celda cualquiera. Hablamos del espacio privado de oración que encargó la abadesa Francesca Saportella: la capilla de Sant Miquel, decorada totalmente con frescos de uno de los pintores con más personalidad del siglo XIV, es decir, Ferrer Bassa. Las pinturas fueron encomendadas en 1346, cuando el monasterio todavía estaba en construcción.

Ferrer Bassa: Pedralbes, capilla de Sant Miquel

Interior de la capilla de Sant Miquel donde podemos apreciar las impactantes pinturas del maestro Ferrer Bassa

Ferrer Bassa traslada a este pequeño espacio barcelonés el estilo italianizante que imperaba en la pintura gótica del momento, pero con una particularidad muy concreta y extraordinaria. El maestro Bassa seguramente fue discípulo nada más y nada menos que del gran Giotto, y esa huella memorable la podemos disfrutar contemplando estos inauditos frescos. Ferrer Bassa aprende del maestro italiano el gusto por la coloración, la volumetría escultórica, la necesaria expresividad y dinamismo de las figuras para dar veracidad a lo que se narra con imágenes y los rasgos en los rostros de los personajes: sus ojos rasgados, sus líneas expresivas, sus gestos de emoción humana. Todo pasado por el rasero y el carácter de nuestro pintor, con un resultado refinado, fuertemente personal y altamente conmovedor.

Ferrer Bassa, capilla Sant Miquel, Prendimiento

Aquí podemos ver los rasgos giottescos pasados por el pincel de Bassa, los cuales confieren a las figuras una expresividad completamente única

Sumamos a todas estas singularidades, el hecho de que tenemos el contrato del encargo. No es nada habitual poseer este tipo de documentos. Muchas veces se han perdido en incendios, destrozos, malas gestiones o vicisitudes varias. Estamos hablando de un contrato del siglo XIV. Que se haya conservado hasta nuestros días es toda una proeza, ya que en muchas ocasiones conservamos el contrato, pero no la obra de arte y la mayoría de las veces, podemos contemplar la obra, pero sin la documentación que la acredita y no sabemos por supuesto ni quién la pintó y mucho menos quién la encargó. En este caso, gozamos de los dos elementos. Podemos leer en el contrato que la abadesa se compromete a pagar a Ferrer Bassa doscientos cincuenta sueldos por el trabajo más la comida de él y de sus ayudantes, pagando por adelantado cien sueldos de lo acordado y los ciento cincuenta restantes al finalizar las pinturas.

El maestro Bassa proyecta el ciclo de frescos de la capilla, no al azar, sino pensando muy bien qué quiere representar y cómo quiere hacerlo. De este modo, escoge escenas de la Pasión de Cristo, los Gozos de la Virgen y diferentes figuras de santos, todas inspiradas en las devociones franciscanas. No olvidemos que es un monasterio de Clarisas.

Ferrer Bassa, capilla Sant Miquel

Escena de la Oración en el Huerto y Prendimiento en capilla de Sant Miquel. Observemos el dinamismo y la volumetría de las figuras

La reciente restauración de los frescos ha hecho posible conocer la técnica utilizada por el maestro. Se ha constatado que realizó el trabajo sirviéndose de una técnica mixta de pintura al fresco en la mayoría de zonas de la capilla, completada en otras muchas partes por pintura al seco. Esta pintura al seco vendría a dar el toque final de color -en algunas zonas- a la base de pintura al fresco aplicada anteriormente.

Ferrer Bassa, a parte del particular estilo citado, aporta a las pinturas de Pedralbes innovaciones técnicas de vanguardia adquiridas en su aprendizaje italiano. Así, en el estudio minucioso de los frescos podemos ver como se sirve del spolvero para las cenefas y estrellas del techo y de las giornate para la consecución de los mismos. El spolvero consiste en dibujar sobre un cartón preparatorio, a tamaño real, el contorno de aquello que queremos representar. Con un punzón, se hacen agujeros a lo largo de todo este contorno, se apoya el cartón en la superficie donde queremos trasladar el dibujo, y con un carboncillo se pintan los puntos agujereados de tal manera que el contorno agujereado queda marcado en la pared. Ya tenemos nuestro dibujo marcado para ser pintado.

Ferrer Bassa, capella Sant Miquel, cenefa

Cenefa de la capilla donde vemos las marcas de los puntos agujereados en la técnica del spolvero

Las giornate son las pequeñas porciones de superficie preparada para pintar al fresco que el pintor sistematiza para poder aplicar la pintura correctamente. Lo nuevo que Ferrer Bassa importa de su estancia italiana en referencia a las giornate, es que éstas se adaptan completamente a la composición, de tal manera que prepara muchas superficies pequeñas para poder pintar con mucha precisión cada escena representada, como si fuera un puzzle que se va construyendo día a día. Todo un mundo fascinante.

Sin duda, no debemos pasar por Barcelona sin darnos el placer de visitar el monasterio de Pedralbes. No podemos dejar de adentrarnos en un espacio donde parece que el tiempo se detuvo hace setecientos años y perdernos una obra maestra de este calibre…