EL CÁLIZ DE SUGER

«Hay quien nos dice que para el ministerio del altar basta una mente santa, un corazón puro y una buena intención, y yo acepto que éstas son las cualidades apropiadas, principales y peculiares para ello. Pero mantengo que también tenemos que rendir homenaje al rito del Santo Sacrificio, como a ninguna otra cosa en el mundo, con el esplendor exterior de los santos vasos, con toda la pureza interior y toda la magnificencia exterior»
Con estos términos se expresaba el abad Suger de la abadía benedictina de Saint-Denis de París en uno de sus suculentos escritos, donde defiende contra viento y marea la idea de que a través de lo material se puede honrar lo espiritual. Según algunos estudiosos, Suger –que fue abad entre 1122 y 1151- es el inventor del arte gótico en la arquitectura al aplicar sus sofisticadas teorías sobre la relación de lo humano con lo divino. Desde antiguo, los pensadores han elaborado tesis que nos han hablado de las formas de mediación entre el hombre y la divinidad. Uno de esos pensadores, el denominado Pseudo-Dionisio Aeropagita (teólogo bizantino de los siglos V-VI) fue la excusa perfecta para que Suger justificara su defensa de los materiales lujosos en el culto divino y la extraordinaria aplicación de la luz en la construcción de la nueva iglesia abacial de Saint-Denis. El abad conoció las teorías neoplatónicas del pensador bizantino porque en la biblioteca de la abadía existía un manuscrito de este autor. De éste, extrajo la idea de lo material como imagen de lo divino, es decir, en el pensamiento cristiano, lo que podríamos resumir como el hecho de que Dios se manifiesta en todas las cosas y en ellas está su reflejo, con la conclusión de que para honrar a la divinidad, cuanto más lujo mucho mejor. Cuánta más oro, más piedra preciosa, más material rico…más nos acercamos a Dios y más le rendimos tributo. Tenemos que recalcar que durante mucho tiempo el autor bizantino fue confundido con San Dionisio, primer obispo de París, evangelizador de Francia y cuyas reliquias se veneran en la abadía de la que hablamos: Saint-Denis (San Dionisio). En cuanto al edificio de la iglesia en sí, Suger imaginó su nueva edificación como el Paraíso celestial materializado en la Tierra. ¿Cómo? Pues sustituyendo las paredes por vidrieras, cómo podemos ver en la imagen:

Cabecera de la iglesia de Saint-Denis ideada por el abad Suger

Cabecera de la iglesia de Saint-Denis ideada por el abad Suger

A través de las vidrieras de colores entra la luz. La luz es Dios e ilumina directamente el espíritu. Esta luz divina no solo nos llega gracias a los maravillosos vitrales, sino que también nos es regalada mediante los objetos materiales, como hemos dicho anteriormente, cuánto más valiosos muchísimo mejor. Es el caso del tesoro que os presento a continuación y que fue adquirido por Suger. Se trata de un cáliz. Pero no un cáliz cualquiera. Seguramente se utilizó para la consagración de la nueva cabecera de Saint-Denis acaecida el 11 de junio de 1144, a propósito de la cuál Suger escribe la defensa contundente de que las cosas materiales nos ascienden a las inmateriales. Habla de Dios en estos términos: «Tú que conjugaste uniformemente lo material con lo inmaterial, lo corpóreo y lo espiritual, lo humano y lo Divino…»…

El abad suger representado en uno de los vitrales de la iglesia abacial de Saint-Denis

El abad suger representado en uno de los vitrales de la iglesia abacial de Saint-Denis

Suger está convencido que las piedras preciosas, con su luz, con su vistosidad, con su esplendor, nos transportan de este mundo inferior al mundo superior. No sabemos si el abad está en lo cierto, pero lo que es indudable es que nos quedamos atónitos ante la visión del cáliz:

Cáliz del abad Suger, custodiado en la National Gallery de Londres

Cáliz del abad Suger, custodiado en la National Gallery de Londres

Está compuesto por una antigua copa tallada en ónice proveniente de Alejandría y fechada entre el siglo I (quizá en el Egipto de la famosa Cleopatra) o II antes de Cristo, con aplicaciones de orfebrería y piedras preciosas. El montaje de dichas aplicaciones habría sido hecho entre 1137 y 1140 por orfebres franceses. De este modo, la copa originaria es ornamentada y complementada con oro y plata dorada trabajados en filigrana, piedras preciosas, perlas, inserciones de material vidriado y perlas de cristal blanco opaco. En el pie del cáliz figura un medallón dedicado a Cristo con inscripción en letras griegas que significan: «Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin». Mide 18,4 cm de alto, su base es de 11,7 cm y el diámetro de su parte superior es de 12,4 cm. El abad no nos cuenta cómo consiguió la copa de ónice, pero pudo haberla comprado a uno de los innumerables comerciantes de París o a algún prestamista judío instalado en la capital francesa. Es uno de los tesoros más espléndidos que nos ha llegado de la Edad Media. No es difícil de imaginar que durante el periodo en que Suger tuvo a su cargo la abadía de Saint-Denis, no solamente adquirió este increíble cáliz. Atesoró toda clase de objetos, riquezas y joyas que secundaron con creces sus teorías teológicas ya referidas. Todo lo contrario del movimiento monástico que su amigo San Bernardo de Claraval estaba propugnando con el Císter…

Vidriera de Saint-Denis donde vemos representado al propio Suger ofreciendo un vitral a la divinidad

Vidriera de Saint-Denis donde vemos representado al propio Suger ofreciendo un vitral a la divinidad

Durante la Revolución francesa los tesoros, y con ellos, el cáliz de Saint-Denis se dispersaron. En 1791, fue confiscado de la abadía por el gobierno francés y depositado en el Gabinete Nacional de Medallas y Antigüedades. En febrero de 1804 fue robado del Gabinete y vendido de contrabando, probablemente a través de traficantes holandeses. Fue a parar a Inglaterra, donde acabó en manos de coleccionistas privados, hasta que en 1942 fue regalado a la National Gallery de Londres a través de la colección Widener.
Sería injusto terminar estas palabras sin invitaros a profundizar en la personalidad del abad Suger, personaje insólito sin duda. No sólo por su peculiar manera de vivir la religiosidad, como hemos visto, sino porque es un elemento histórico fascinante, con influencia directa, por ejemplo, con la realeza. Sin ir más lejos, el rey Luis VI le confió misiones diplomáticas delicadas e incluso la regencia de Francia durante los años que se ausentó por la Segunda Cruzada. Casi nada…

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LOS CARDUCHO DE EL PAULAR

Una buena manera de conocer arte que nos pueda sorprender es acercarnos a nuestras producciones artísticas. Es el caso del Real Monasterio de El Paular, ubicado a unos dos kilómetros del núcleo poblacional de Rascafría, en el Valle del Alto Lozoya, en plena sierra madrileña y en el riquísimo entorno del parque natural de Peñalara.

El Real Monasterio de El Paular

En origen, el monasterio perteneció a la Orden de los Cartujos y es fundación real fechada en 1390, de hecho, fue la primera cartuja de Castilla y la sexta en territorio español. Por circunstancias históricas diversas, actualmente la vida monástica sigue activa, pero los monjes que la llevan a cabo son benedictinos.

Sobra decir que la visita al monasterio es altamente recomendable, no solo por donde está situado sino también por las sorpresas artísticas que custodia. Nuestro objetivo en ese sentido se dirige hacia el claustro mayor del monasterio. Contiene, perfectamente integrados en su arquitectura gótica flamígera, nada más y nada menos que cincuenta y dos lienzos pintados por el florentino afincado en la corte española Vicente Carducho (c.1576-1638), donde se plasma la historia de los cartujos y de su fundador San Bruno.

Escudo de los cartujos, situado en el claustrillo de El Paular, donde vemos las siete estrellas que simbolizan a San Bruno y a sus primeros seis compañeros con quiénes fundó la primera cartuja en Chartreuse (1098)

 Han llegado hasta nuestros días cincuenta y dos pinturas de las cincuenta y cuatro de toda la serie, así como algunos bocetos y dibujos. Lo peculiar del asunto es que estas sugerentes telas de tamaño considerable: 3,45×3,15 m, estuvieron en su emplazamiento hasta la 1835. Con la desamortización aplicada a los bienes eclesiásticos, las pinturas fueron trasladadas al convento de la Trinidad de Madrid. Allí estuvieron aletargadas hasta 1872, cuando pasaron a formar parte de los fondos del Museo del Prado. Por sus grandes dimensiones, no fue posible ni su exhibición ni su almacenamiento, así que se repartieron entre A Coruña, Valladolid, Jaca, Burgos, Sevilla, Córdoba, Zamora, Tortosa y Poblet. Durante la Guerra Civil los dos lienzos trasladados a Tortosa desgraciadamente desaparecieron.

Por fortuna, y después de un largo proceso de restauración y negociación, desde julio de 2011 podemos ver los cincuenta y dos lienzos cartujanos colocados definitivamente en su emplazamiento original. La sensación es prácticamente indescriptible. Pasear por el precioso claustro y poder contemplar estas enormes obras perfectamente armonizadas con la estructura arquitectónica que las acoge es una experiencia artística completa e irrepetible, sobre todo si tenemos en cuenta que se ha hecho justicia y se ha podido reunir, para nuestro disfrute, una obra desmembrada.

Claustro mayor de El Paular con los lienzos restablecidos de Carducho, pintados entre 1626 y 1632

Las pinturas se dividen en dos grupos definidos: las veintisiete primeras ilustran la vida de san Bruno, desde el día que abandona la vida pública y se retira a Chartreuse, hasta el momento de su muerte y el primer milagro que produce. El segundo grupo está dedicado a hechos notorios que los cartujos realizan por diferentes países europeos y en épocas diversas, los cuales comprenden episodios que van desde el siglo XI hasta el XVI. Este ciclo cartujano contiene además escenas que quieren reforzar la imagen de los monjes como héroes de la fe, como mártires de la Orden Cartujana y como ejemplo de estudio, sacrificio y contemplación divina. Carducho refleja en estas obras la esencia de la religiosidad barroca, la cual pretende que el espectador se identifique con el sufrimiento del personaje representado y, a través de la devoción, se conmueva y refuerce la fe en sus creencias religiosas.

Muerte del venerable Odón de Novara, lienzo de El Paular, por Vicente Carducho

Carducho fue uno de los pintores más prestigiosos y valorados de la corte madrileña. Llegó a territorio español de niño -en 1585-, con su hermano Bartolomé, también pintor, procedente de Florencia y en calidad de su ayudante, para formar parte del equipo de artistas que en ese momento estaban trabajando en San Lorenzo del Escorial. Al cabo de los años, y por su talento manifiesto, adquirió rango de pintor de corte, compartiendo este título con Velázquez. Dicen las malas lenguas que rivalizó ferozmente con él, aunque si nos ceñimos a la realidad documentada, los dos pintores ejecutaron obras de temática muy distinta en la corte. De este modo, el sevillano se ocupaba más de pintura profana y retratos de corte, mientras que el italiano realizaba obras de tema religioso e histórico.

Lo cierto es que Carducho nos demuestra en las telas de El Paular que dominaba perfectamente el naturalismo propio de la época, la concepción del espacio, la capacidad de narrar mediante imágenes precisas, la movilidad de las figuras, la utilización de la gestualidad expresiva barroca, el dominio del color y la luz y la plasmación de la vivencia mística y extática a través de las visiones divinas. No en vano Carducho es el autor de uno de los tratados de pintura más importantes e influyentes de la época, los Diálogos de la Pintura (1633), obra de referencia –incluso hoy en día- para entender el pensamiento artístico del Barroco. Todas estas cualidades las vemos reflejadas, por ejemplo, en la Muerte del venerable Odón de Novara, que podemos contemplar arriba. Disfrutad del color, del contraste de luz y sombra, de la delicadeza gestual, de la expresividad intensa del momento y de la integración barroca de lo terrenal y lo divino. Totalmente extraordinario.

Por cierto, se dice que el personaje arrodillado delante del moribundo cartujo es un autorretrato del propio Carducho…