EL DÍA DEL JUICIO FINAL

Viajamos a Venecia. Pero no nos infiltramos ni perdemos entre sus laberínticas callejuelas, puentecitos y minúsculas plazas. Nos embarcamos para visitar una de sus islas: Torcello. En ella, se encuentra una de las iglesias con más historia del arte italiano. Hablamos de la basílica de Santa Maria Asunta, antigua catedral de la diócesis desaparecida de Torcello. La primera construcción del edificio data del remoto año de 639, ampliándose la edificación en el 826 y configurándose su estructura definitiva en 1008. Es un claro ejemplo del estilo veneciano-bizantino que entronca con las majestuosas iglesias bizantinas de Rávena.

Imagen exterior de Santa Maria Asunta de Torcello

Imagen exterior de Santa Maria Asunta de Torcello

En su interior custodia múltiples tesoros que merecen nuestra admiración. Hoy os invito a disfrutar de uno de ellos. Se trata de un espectacular mosaico situado en la contra fachada de la iglesia, uno de las obras musivas más imponentes de la zona del Veneto, y eso es decir mucho teniendo en cuenta los mosaicos con que la Serenissima Venecia vistió a la catedral de San Marcos. El mosaico representa el Juicio Final, o más concretamente, la Parusía, es decir la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Está datado entre los siglos XI y XII. La impresionante escena está dividida en franjas que resumen el misterio cristiano de la muerte y resurrección de Cristo, con la culminación del Juicio Universal. El momento de ese fin de todos los tiempos es representado en el mosaico al modo bizantino, así que vemos en la parte central de la obra el momento de la Anastasis: la bajada de Cristo a los Infiernos para romper sus puertas, aplastar al diablo, hacer valer su potencia como Hijo de Dios y rescatar, entre otros, a Adán y Eva. Vemos esta gran escena bajo la Crucifixión, mostrada de forma tradicional, con María a la derecha de Cristo y San Juan Evangelista a su izquierda, lamentándose, con la mano en el rostro en expresión de dolor, por la cruel muerte de su maestro.

Mosaico del Juicio Final en Torcello, done podemos apreciar la clara división en franjas del conjunto musivo

Mosaico del Juicio Final en Torcello, done podemos apreciar la clara división en franjas del conjunto musivo

La visión de la Anastasis corta la respiración por la riqueza de detalles, la belleza de las figuras y la carga simbólica que desprende. Cristo, majestuoso, de tamaño gigante, sostiene una cruz en su mano izquierda, mientras tira de Adán con la derecha para arrancarlo del Limbo, pisoteando al demonio y las puertas del Infierno, como hemos apuntado anteriormente, con sus llaves y sus cerrajes. A su izquierda se nos presenta San Juan Bautista señalando con su índice a Cristo, en calidad de profeta y precursor, diciéndonos que al que se estaba esperando, ya ha llegado y la Humanidad debe rendirle cuentas. Por eso nos mira… Otras almas esperan ser rescatadas de las estancias infernales, mientras dos Arcángeles superlativos –Miguel y Gabriel-, extraordinarios, flanquean el transcendental momento, a la vez que dos personajes santos observan en calidad de testigos privilegiados, el transcurrir del acontecimiento. Esos personajes, situados al fondo a nuestra izquierda, son los reyes profetas: David y Salomón. Detrás del Bautista, vemos a diferentes profetas.

Detalle de la Anastasis donde vemos a Cristo tomando de la mano a Adán, Eva siguiéndole, a los reyes David y Salomón y a uno de los soberbios Arcángeles de la escena

Detalle de la Anastasis donde vemos a Cristo tomando de la mano a Adán, Eva siguiéndole, a los reyes David y Salomón y a uno de los soberbios Arcángeles de la escena

En la franja inferior a la Anastasis podemos contemplar una Déesis, una representación divina, donde Cristo en Pantocrator se muestra entronizado en majestad, otra vez flanqueado por María y San Juan, y en esta escena, acompañado de Apóstoles y ángeles. Es una visión de alto contenido teológico, como una revelación mística, una teofanía: la divinidad se nos muestra a los humanos para que seamos conscientes de su grandeza y poder. Cristo se representa dentro de la mandorla mística, signo de su condición divina, la cual es sostenida por dos serafines, los ángeles con ojos en sus alas, los más cercanos a la sabiduría de Dios.

En la siguiente franja observamos una escena absolutamente bizantina: la Etimasía. Realmente es una representación de gran delicadeza y de fuerza simbólica extrema. En el centro vemos un trono vacío, con un cojín en forma de tubo (propio de estas representaciones y propio de los tronos imperiales de Bizancio):

Cuatro franjas inferiores del mosaico. En el segundo nivel, la Etimasía, con el trono en el centro

Cuatro franjas inferiores del mosaico. En el segundo nivel, la Etimasía, con el trono en el centro

Sobre el cojín, una tela azul con una cruz, una corona de espinas y una lanza con esponja, símbolos de la Pasión de Cristo. Dos serafines y dos Arcángeles guardan el trono, mientras vemos a los pies del mismo, arrodillados, a Adán y Eva con actitud adoradora. Una imagen muy conveniente teniendo en cuenta que a los lados de la Etimasía podemos ser testigos de la resurrección de los muertos. A la izquierda, los muertos que están en la tierra, cuyos cuerpos -a veces desmembrados-, son literalmente vomitados simbólicamente por animales salvajes: león, elefante, hiena, leopardo, lobo, grifo y cuervos. A la derecha, los muertos del mar, son extraídos de las aguas por peces y seres marinos varios. Observamos también cuatro personajes esenciales en la escena, los ángeles que con sus trompetas despiertan a los muertos de su letargo para ser llamados al Juicio. Y todavía vemos un quinto ángel enrollando el cielo estrellado del Apocalipsis, señal inequívoca de que el Universo llega a su fin y todo se acaba y desaparece.

Resurrección de los muertos de la tierra (detalle)

Resurrección de los muertos de la tierra (detalle)

La franja que situamos bajo la anterior nos muestra la Psicostasis, esa escena tremenda en que el arcángel San Miguel pesa las almas de los humanos para saber qué grado de bondad reside en ellas y si merecen ser elegidos o ser condenados. Vemos a San Miguel disputando ese recuento de almas -como es tradicional en multitud de representaciones-, con un demonio que intenta hacer trampas y llevarse al averno el mayor número de parroquianos posible. En el  lado del Arcángel vemos a un grupo de salvados y en el lado del diablo a dos ángeles que azuzan a los damnados para entregarlos sin remedio al fuego eterno. Observamos como un terrorífico personaje con barbas blancas, el propio Satanás, se encarga de recibirlos y torturarlos. Y debajo de esta desgarradora escena, podemos contemplar los diferentes niveles del  Infierno con sus castigos correspondientes: los lujuriosos con las llamas hasta la cintura, los pecadores de gula se muerden las manos, los de ira sumergidos en aguas gélidas, los envidiosos son devorados una y otra vez por serpientes, los avariciosos son quemados completamente y asoman sus cabezas entre las llamas luciendo pendientes, mientras los perezosos son desmembrados sin piedad.  Increíbles escenas que podemos ver aquí con detalle:

El terrorífico y magnífico Infierno de Torcello

El terrorífico y magnífico Infierno de Torcello

Bajo el grupo de salvados disfrutamos de la placidez del Paraíso, donde las puertas del mismo se abren para los elegidos, recibidos por la propia Madre de Dios, San Pedro, San Miguel, San Juan Bautista y Abraham. El contraste con la representación del Infierno es brutal y magistralmente resuelta para demostrar, en la mentalidad de la época, la intención clarísima de las doctrinas de la Iglesia.

Sobre la puerta y entre estas dos escenas de Paraíso e Infierno, gozamos de la visión de una luneta donde se nos presenta María en actitud orante, enseñándonos las manos en un gesto habitual que denota la oración. Ella, situada encima de la puerta por donde saldríamos de la iglesia, recuerda a los creyentes que es la intercesora por excelencia ante Dios.

Es imposible no quedarse perplejo ante semejante obra de arte. Podríamos recurrir a ella en innumerables ocasiones y siempre descubriríamos detalles y curiosidades que nos sorprenderían sin cesar. Os recomiendo encarecidamente que si viajáis a la insuperable Venecia, no dejéis de visitar Torcello.

 

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DEL CIELO AL INFIERNO EN FERRARA

Llegamos a Ferrara. Nos adentramos por sus calles estrechas hacia el centro y no podemos evitar la compañía de decenas de ferrareses en bicicleta. Efectivamente, la propia ciudad se denomina Ciudad de las bicicletas y presume del hecho que el 89 % de sus habitantes usan este saludable transporte. Seguimos andando y nos seduce más y más lo que nuestros ojos van captando. Vemos perfectamente por qué el centro histórico de Ferrara es Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1995 y por qué sus encantos medievales nos atraen como canto de sirenas.

Pórticos del antiguo mercado medieval de Ferrara

Nuestro itinerario fascinante por estas antiquísimas calles desemboca de pronto en un espacio espectacular donde se alza el singular muro sur de la basílica catedral de San Giorgio, el Duomo de Ferrara:

Muro sur del Duomo de Ferrara con la base porticada y el magnífico entramado de arcos y columnas

La visión impresiona por la dimensión descomunal del edificio, por el número de arcos que trazan este lateral y por la variedad de columnas esculpidas que podemos contemplar soportando los arcos de medio punto superiores:

Detalle de los arcos superiores con la variedad de columnas que los singularizan

Disfrutamos un buen rato de la particularidad de esta parte de la edificación y nos disponemos a rodear el Duomo para entrar a visitarlo. Tranquilamente dirigimos nuestros pasos hacia la entrada y al alejarnos de espaldas a la fachada principal para poder contemplarla en perspectiva, casi se nos corta la respiración cuando nos giramos y vemos esto:

La increíble fachada de San Giorgio de Ferrara

Realmente soberbia. No se nos puede escapar la estructuración armónica de la fachada, teniendo en cuenta que la base de la misma es de época románica y que por encima de ella se erige la continuación gótica perfectamente integrada en el conjunto. Es esta singularidad gótica la que nos llama la atención especialmente. Sobre el imponente arco de la entrada principal se alza una tribuna esculpida con intenciones muy concretas. Observamos un Juicio Final que cobra vida en piedra, para mostrarnos como Cristo juzga desde su mandorla divina y cómo los elegidos se dirigen civilizadamente en fila hacia el sí de Abraham (situado en el arco que flanquea la tribuna de frente a nuestra izquierda) o cómo los condenados desordenada y tortuosamente son conducidos directamente a las fauces de Leviatán o al caldero hirviente que se nos muestra (en el arco a la derecha de la citada tribuna). En una visión sintética, genuinamente gótica, pasamos del Cielo al Infierno en un solo recorrido, en un abrir y cerrar de ojos, en una instantánea sobrenatural plasmada ante nuestra atónita mirada. Somos testigos de una forma de pensar concreta que se nos abre y se sincera para que seamos capaces de olvidarnos, por unos momentos, de nuestra mentalidad de siglo xxi y nos empapemos de los mecanismos sofisticados del pensamiento gótico.

Tribuna con el Juicio Final y los dos arcos laterales con Abraham y el Infierno

Podríamos recorrer metro a metro cada recoveco de esta extraordinaria fachada y encontraríamos motivos de los que hablar en cada uno de ellos. Solamente nos fijaremos en un detalle más. En concreto una figura esculpida justo en la entrada (a nuestra derecha mirando de frente) debajo del arco principal de la fachada:

Jorobado sosteniendo la arquitectura de la entrada del Duomo de Ferrara

Ejemplo perfecto del repertorio infinito de figuras que el imaginario medieval nos ha legado, para nuestro gozo, pasión y suerte.