FLORES DE FILOSOFÍA

Podemos imaginarnos obras de arte singulares, raras, diferentes y seguramente nos vendrán a la mente formas extrañas, arquitecturas singulares o elementos artísticos inverosímiles. Pero, posiblemente, no pensaremos en nuestro objetivo de hoy. Aunque cuando reparemos en él, lo más probable es que nos demos cuenta de que la obra que os presento no deja indiferente a nadie, por curiosa, valiosa y desconocida en su significado. Podemos ver este preciado tesoro en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Se trata de La Primavera de Giuseppe Arcimboldo, el único cuadro del autor que se conserva en territorio español:

Giuseppe Arcimboldo, La Primavera, óleo sobre tabla, 66x50cm, fechada en 1563

Giuseppe Arcimboldo, La Primavera, óleo sobre tabla, 66x50cm, fechada en 1563

El pintor nació en Milán en 1526 y estuvo trabajando activamente en la región de la Lombardía antes de entrar al servicio -en 1562- del que dos años más tarde sería emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Maximiliano II y, por consiguiente, trasladarse a la ciudad de Viena. Ya debía ser renombrada la habilidad de Arcimboldo como artista para entrar a formar parte de la plantilla de artistas de la refinada corte vienesa.

La Primavera, aparentemente, parece una broma, un scherzo, como dirían los italianos, pero en realidad es todo lo contrario y encierra un juego de relaciones filosóficas que no son en absoluto simples. Arcimboldo crea su obra en el contexto del Manierismo y en consecuencia, todo lo representado tiene una carga simbólica que nos quiere explicar algo. La observación de la naturaleza y su plasmación literal en el arte ya venía de las inquietudes de Leonardo da Vinci al respecto.

Se sabe que este cuadro pertenece a una serie dedicada a las Cuatro Estaciones, la cual se emparejaba con otra serie de cuatro pinturas dedicadas a los Cuatro Elementos. Este hecho, además, nos lo revela el propio cuadro. En su reverso, el mismo Arcimboldo escribe: «LA PRIMAVERA / Va’accompagnata con L’Aria ch’una testa di uccelli», es decir: «LA PRIMAVERA / Va acompañada con “El Aire” que es una cabeza hecha de pájaros». Aquí tenemos El Aire, la pintura que se emparejaba con La Primavera:

El Aire de Giuseppe Arcimboldo, perteneciente a una colección privada de Basilea. Observemos cómo puede ponerse frente a La Primavera y así los dos personajes se miran…

El Aire de Giuseppe Arcimboldo, perteneciente a una colección privada de Basilea. Observemos cómo puede ponerse frente a La Primavera y así los dos personajes se miran…

También sabemos que hizo más de una serie de las Cuatro Estaciones. Por ejemplo, en el Louvre podemos admirar una de ellas fechada en 1573, con la particularidad de que los protagonistas están envueltos en guirnaldas de elementos naturales a juego con el personaje pintado. El emparejamiento entre las Cuatro Estaciones y los Cuatro Elementos no es casual. Primavera-Aire, Verano-Fuego, Otoño-Tierra e Invierno-Agua, formarían cuatro tándemes peculiares, relacionados con las teorías medicinales y de tendencias de personalidad de los Cuatro Humores, además de incidir en la idea de las Edades del Hombre y lo que comporta el paso del tiempo para el ser humano. En definitiva, el encargo de unos cuadros de este tipo no es sencillamente una forma de demostrar la indudable destreza de Arcimboldo como pintor de la naturaleza sino que son toda una declaración de intenciones que pone de manifiesto el altísimo nivel cultural que se respiraba, creaba y trabajaba en la corte del emperador germánico.

Autoretrato de Arcimboldo de 1587 custodiado en el Museo Palazzo Rosso de Génova

Autoretrato de Arcimboldo de 1587 custodiado en el Museo Palazzo Rosso de Génova

Algunos estudiosos han relacionado estas pinturas de Arcimboldo con los escritos filosóficos de Giambattista Fonteo, los cuales vincularían las obras entre sí para ensalzar el poder imperial y la sabiduría de Maximiliano II. De este modo, Estaciones y Elementos representados en la figura de estos cuatro hombres simbolizan el universo interno que existe en cada persona y que está bajo el poder del emperador.

Si observamos La Primavera, podemos ver el busto de perfil de un caballero que sonríe. La cabeza está configurada por una preeminencia de rosas, peonías y pensamientos, mientras que el pomo de su espada es un iris, el traje contiene margaritas en el encaje del cuello, además de hojas de col en los hombros, entre otras muchas flores y vegetación hasta una variedad de ochenta. Si nos fijamos en El Aire, podemos ver, entre muchos pájaros diversos, una oca, un gallo que forma la boca, un pavo en la nariz, el pico de un pato configurando el ojo, un pavo real que viste al personaje, mientras un loro nos muestra su estupenda cabeza como ornamento de la espalda.

Lo que está clarísimo es que Arcimboldo es un maestro pintor de primer orden y que todas estas obras que hoy en día nos parecen un capricho sin sentido, tenemos que aprender a leerlas con los ojos de la época para intentar acercarnos a comprender la complejidad del pensamiento humano hecho arte. Las teste composte (cabezas compuestas) como así se denominan las composiciones de Arcimboldo, pueden suscitarnos muchas reacciones diferentes. Como escribió el filósofo Roland Barthes en el análisis que hizo de las obras del pintor, estas pinturas son puro símbolo de la naturaleza humana y Arcimboldo es el mago que nos lo muestra influenciado por el neoplatonismo del momento.

Lo cierto es que deben ser entendidas en su contexto para que las tratemos como es justo.

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GIULIO ROMANO Y LA MANTUA DEL PALAZZO TE

Podemos sorprendernos por muchas razones cuando nos disponemos a admirar las obras de arte. Si esta admiración, además, implica contenido y continente, entonces debemos remitirnos a monumentos como el Palazzo Te de Mantua, la ciudad asomada a una bellísima laguna. Esta singular edificación, exponente al máximo nivel del Manierismo, es obra de Giulio Romano, el cual la proyecta arquitectónicamente y la decora en su interior con un espléndido, alucinante y rebosante repertorio de frescos.

Vista exterior del Palazzo Te, edificado entre 1524 y 1534 por Giulio Romano

El artista llega a Mantua en 1524  requerido por el mandatario del momento, Federico II Gonzaga y con el encargo de hacer de la ciudad y de la corte mantuana un lugar de referencia cultural, artística y de vanguardia. La función del palacio no es otra que la de uso y disfrute de Federico II Gonzaga y sus allegados. Es una construcción para el ocio, el goce y la diversión, como bien lo demuestran sus decoraciones, sin olvidar que toda la temática de los frescos que lo recubren conlleva un enorme contenido simbólico e intelectual y un gran conocimiento de la mitología greco-romana. Muestra de este despliegue increíble de saber visual es el recuento de estancias con pinturas asociadas: Sala de los Caballos, Cámara de Amor y Psique, Cámara del Sol y de la Luna, Cámara de los Vientos, Cámara de los Emperadores, Cámara de las Cariátides o Cámara de los Gigantes, entre muchas otras. Describir el momento en que nos adentramos en una de las cámaras como la de los Gigantes, pintada desde la base del suelo hasta el confín del techo con multitud de figuras en movimiento, es una tarea casi imposible por lo impresionante de la sensación.

Bóveda con falsa cúpula pintada de la Cámara de los Gigantes, con la caída de estos colosos y el triunfo del nuevo panteón de Dioses

El arte nos engulle literalmente y no podemos más que disfrutar de cada instante, de cada detalle, de cada visión espectacular.

Es interesante que nos detengamos un momento en el artífice que hace realidad esta obra de arte integral: Federico II Gonzaga, duque de Mantua. De hecho, Federico es el primer duque de Mantua, al recibir en 1530 la elevación del título que ostentaba la familia, por parte del emperador Carlos V, y que hasta ese momento era un marquesado. Federico era un gran mecenas de las artes, como hemos podido constatar. Llama a su corte a artistas de la talla de Tiziano o Correggio, a quién encarga obras mitológicas. Precisamente en el Museo Nacional del Prado podemos admirar uno de los retratos que Tiziano pinta del duque:

Retrato de Federico II Gonzaga, pintado por Tiziano en 1529

El empeño, la potencia y el gusto por la ostentación del poder permite que dirigentes como Federico II inviertan riqueza en las creaciones artísticas que hoy admiramos. Esta potencia de las ciudades-estado italianas era manifiesta y reconocida a nivel europeo. Mantua era un núcleo importantísimo y una referencia de prestigio militar y cultural indiscutible y, en consecuencia, sus gobernantes se erigían como ejemplo de las virtudes más relevantes de la época y como muestra de ejemplo político. Prueba de la importancia y la transcendencia pública que irradiaban estos personajes la tenemos en los frescos que Rafael pinta en las estancias vaticanas. Concretamente en La Escuela de Atenas, el artista retrata a nuestro Federico II Gonzaga, jovencísimo, en aquellos momentos retenido por el Papa en Roma por razones políticas. En una obra que quiere ensalzar las cualidades del pensamiento, el matiz político no pasa desapercibido y la dimensión pública de la familia Gonzaga deja su huella inequívoca en el devenir de la historia:

Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, hacia 1510 (detalle del retrato de Federico II Gonzaga)

Para concluir nuestra visita mantuana, recalcar que visitar el Palazzo Te es indispensable si queremos experimentar el atrevimiento de la arquitectura manierista, la inmersión en un arte sorprendente a cada paso y la traslación al pensamiento desbordante de finales del Renacimiento italiano encarnado en una de las cortes más prestigiosas y espléndidas de la Italia de la época. Por cierto, el nombre de este palacio, nada tiene que ver con el té…