LÁGRIMAS DE MONTEVERDI

Vamos a situarnos a principios del siglo XVII, en una de las ciudades más bellas, únicas e insólitas del mundo: Venecia. En agosto de 1613, y después de pasar lo que nosotros denominaríamos unas oposiciones, Claudio Monteverdi es elegido, por unanimidad, maestro de capilla de la basílica de San Marco de Venecia. Desde 1590 y hasta 1612, el compositor había estado al servicio de los Gonzaga en la corte de Mantua. Una relación profesional llena de desacuerdos y de fricciones, las cuales no afectaron en lo más mínimo, ni la inmensa y extraordinaria producción musical de esos años, ni la calidad indiscutible de la misma. Lo cierto, y las cartas personales escritas por el propio Monteverdi nos lo certifican, es que en Venecia es feliz. Puede trabajar serenamente, componer a su ritmo y ser pagado regularmente, además de tener a sus órdenes a un ayudante con el cargo de vicemaestro, a dos organistas, a más de treinta cantores y a más de veinte instrumentistas de cuerda y viento, lo que supone un número de músicos profesionales absolutamente elevado para las formaciones de la época.

Monteverdi, Sestina, 1614, Sexto Libro de Madrigales

Claudio Monteverdi según un retrato de Bernardo Strozzi realizado en 1640

Es en 1614, en este favorable ambiente, y cuando Monteverdi tiene cuarenta y siete años, cuando publica su Sexto Libro de Madrigales. Pongámonos en antecedentes. El madrigal será el tipo de composición poético-musical escogida mayoritariamente para dar rienda suelta a la música vocal profana del momento. Surge del interés, a finales del Renacimiento, por recuperar la importancia y el entendimiento del texto que se canta, frente a la complejidad de la polifonía renacentista, donde la música es la protagonista, en detrimento de la palabra. El origen del madrigal en Italia viene dado por composiciones como las frottole (de moda desde finales del siglo XV hasta mediados del XVI), es decir, canciones estróficas donde voces e instrumentos suenan a la par, con armonías sencillas, en las que aquello que se dice es lo interesante. No obstante, esta simplicidad se verá superada rápidamente, sobre todo si tenemos en cuenta que el madrigal se cultivará en ámbitos cultos, refinados, y de una intelectualidad al alcance de pocos. Por este motivo, estos pensadores humanistas irán más allá en la búsqueda de la pureza de la palabra y recurrirán a las tragedias griegas antiguas donde el texto era lo fundamental aunque fuera recitado con música. El madrigal necesitará entonces una forma mucho más rica e interesante que la de la frottola. Habitualmente será escrito a cinco voces cantadas, con la posibilidad de ser dobladas, o no, por instrumentos, a elección de los intérpretes.

Monteverdi, madrigales, Sexto Libro

Portada de la publicación en Venecia del Sexto Libro de Madrigales de Monteverdi

Y utilizará poesía no basada en una estructura de innumerables estrofas, sino en formas poéticas más breves y concentradas, como los sonetos, las octavas, etc., de manera que si una poesía, por ejemplo, se compone de cuatro partes, cada una de ellas será un madrigal. Añadiremos a todo esto el hecho de que Monteverdi escoge poesías de primer nivel. Desde Petrarca y Boccaccio hasta los mejores poetas contemporáneos como son Rinuccini, Guarini o Tasso, entre otros. Una suma de excelencias que procurará a nuestros oídos una música que mueve directamente las pasiones del alma.

Es a este llamamiento directo de los sentimientos al que apelamos cuando dirigimos nuestra atención a una de las obras que contiene el citado Sexto Libro de Madrigales. Se trata de la Sestina, subtitulada: Lagrime d’amante al sepolcro dell’amata (Lágrimas del amante sobre el sepulcro de su amada). La constatación de que el libro se publicara en 1614 no quiere decir que sus composiciones fuesen de ese año.

Es el caso de la Sestina, elaborada seguramente en 1608, cuando el compositor todavía trabajaba en Mantua. Es en febrero de ese año cuando ocurre una desgracia inesperada en la corte del duque Vincenzo Gonzaga. La joven y competentísima cantante romana Caterina Martinelli, también al servicio de la corte mantuana, enferma y fallece. La muerte de Caterina, muy apreciada por el duque Vincenzo y por Monteverdi -ya que probablemente tomó clases de canto con la esposa del compositor-, entristece enormemente a todo su entorno. El duque encarga al poeta Scipione Agnelli los versos de la Sestina y a Monteverdi su puesta en música.

Monteverdi, notación, facsímil

Partitura de una Salve Regina de Monteverdi, donde vemos la notación musical del siglo XVII y la misma pieza en notación musical de nuestros días

Llamamos Sestina a la composición, precisamente porque consta de seis partes que a su vez están constituidas por seis versos cada una de ellas, más un breve epílogo de tres versos. La temática y la dedicación de estas poesías nos la podemos imaginar: dolor, desesperación, impotencia, desgarro, tristeza extrema ante lo que ya no tiene marcha atrás: la muerte de la persona amada. Glauco, nuestro pastor enamorado, llora y se lamenta sobre la tumba de Corinna, el amor de su vida que yace en un frío sepulcro. Monteverdi es capaz de mostrarnos, con su talento, tal sentimiento, tal fuerza y tal dimensión de la tristeza hecha música que no puedo explicaros con palabras todo lo que llega a transmitir. Debéis escuchar la obra para comprender y dejaros llevar por los contrastes anímicos, viscerales y sublimes que ahondan de manera magistral en el sentimiento de cada uno de nosotros. Veréis en la Sestina, el naturalismo de Caravaggio, el cromatismo de Rubens, la perfección de las formas de Bernini… Experimentaréis el amor explicado musicalmente. Y si sois cantantes y alguna vez tenéis la oportunidad de interpretarla, notaréis como el dolor transformado en materia sonora fluye sin remedio por vuestras venas.

Podemos entender todavía mejor esta composición fuera de lo común si pensamos que Monteverdi la escribe para esta joven malograda, pero, según mi opinión, pensando y sintiendo otra muerte: a finales de septiembre de 1607 muere su esposa. Su amada esposa. Nos consta que el compositor estaba muy enamorado de ella y que jamás se recuperó de su falta. Escuchando, sintiendo, viviendo el universo musical completamente adaptado a las palabras que Monteverdi nos ofrece en la Sestina, creo que no nos equivocamos si pensamos que estamos llorando su pérdida con él.

Darà la notte il sol lume alla terra,

splenderà Cintia il di, prima che Glauco

di baciar, d’honorar lasci quel seno

che fu nido d’Amor, che dura tomba preme.

(Dará la noche el sol y la luz a la tierra,

resplandecerá Cintia (la Luna) en el día, antes que Glauco

deje de besar y de honrar ese seno

que fue nido de su Amor, y que la dura tumba aplasta.)

Sólo con leer estos conmovedores versos de la Sestina podemos figurarnos su increíble belleza total. Una recomendación: escuchad la versión del grupo Concerto Italiano publicada por Opus 111 en 1992.

 

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GIULIO ROMANO Y LA MANTUA DEL PALAZZO TE

Podemos sorprendernos por muchas razones cuando nos disponemos a admirar las obras de arte. Si esta admiración, además, implica contenido y continente, entonces debemos remitirnos a monumentos como el Palazzo Te de Mantua, la ciudad asomada a una bellísima laguna. Esta singular edificación, exponente al máximo nivel del Manierismo, es obra de Giulio Romano, el cual la proyecta arquitectónicamente y la decora en su interior con un espléndido, alucinante y rebosante repertorio de frescos.

Vista exterior del Palazzo Te, edificado entre 1524 y 1534 por Giulio Romano

El artista llega a Mantua en 1524  requerido por el mandatario del momento, Federico II Gonzaga y con el encargo de hacer de la ciudad y de la corte mantuana un lugar de referencia cultural, artística y de vanguardia. La función del palacio no es otra que la de uso y disfrute de Federico II Gonzaga y sus allegados. Es una construcción para el ocio, el goce y la diversión, como bien lo demuestran sus decoraciones, sin olvidar que toda la temática de los frescos que lo recubren conlleva un enorme contenido simbólico e intelectual y un gran conocimiento de la mitología greco-romana. Muestra de este despliegue increíble de saber visual es el recuento de estancias con pinturas asociadas: Sala de los Caballos, Cámara de Amor y Psique, Cámara del Sol y de la Luna, Cámara de los Vientos, Cámara de los Emperadores, Cámara de las Cariátides o Cámara de los Gigantes, entre muchas otras. Describir el momento en que nos adentramos en una de las cámaras como la de los Gigantes, pintada desde la base del suelo hasta el confín del techo con multitud de figuras en movimiento, es una tarea casi imposible por lo impresionante de la sensación.

Bóveda con falsa cúpula pintada de la Cámara de los Gigantes, con la caída de estos colosos y el triunfo del nuevo panteón de Dioses

El arte nos engulle literalmente y no podemos más que disfrutar de cada instante, de cada detalle, de cada visión espectacular.

Es interesante que nos detengamos un momento en el artífice que hace realidad esta obra de arte integral: Federico II Gonzaga, duque de Mantua. De hecho, Federico es el primer duque de Mantua, al recibir en 1530 la elevación del título que ostentaba la familia, por parte del emperador Carlos V, y que hasta ese momento era un marquesado. Federico era un gran mecenas de las artes, como hemos podido constatar. Llama a su corte a artistas de la talla de Tiziano o Correggio, a quién encarga obras mitológicas. Precisamente en el Museo Nacional del Prado podemos admirar uno de los retratos que Tiziano pinta del duque:

Retrato de Federico II Gonzaga, pintado por Tiziano en 1529

El empeño, la potencia y el gusto por la ostentación del poder permite que dirigentes como Federico II inviertan riqueza en las creaciones artísticas que hoy admiramos. Esta potencia de las ciudades-estado italianas era manifiesta y reconocida a nivel europeo. Mantua era un núcleo importantísimo y una referencia de prestigio militar y cultural indiscutible y, en consecuencia, sus gobernantes se erigían como ejemplo de las virtudes más relevantes de la época y como muestra de ejemplo político. Prueba de la importancia y la transcendencia pública que irradiaban estos personajes la tenemos en los frescos que Rafael pinta en las estancias vaticanas. Concretamente en La Escuela de Atenas, el artista retrata a nuestro Federico II Gonzaga, jovencísimo, en aquellos momentos retenido por el Papa en Roma por razones políticas. En una obra que quiere ensalzar las cualidades del pensamiento, el matiz político no pasa desapercibido y la dimensión pública de la familia Gonzaga deja su huella inequívoca en el devenir de la historia:

Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, hacia 1510 (detalle del retrato de Federico II Gonzaga)

Para concluir nuestra visita mantuana, recalcar que visitar el Palazzo Te es indispensable si queremos experimentar el atrevimiento de la arquitectura manierista, la inmersión en un arte sorprendente a cada paso y la traslación al pensamiento desbordante de finales del Renacimiento italiano encarnado en una de las cortes más prestigiosas y espléndidas de la Italia de la época. Por cierto, el nombre de este palacio, nada tiene que ver con el té…