TIEMPO DE NAVIDAD

Estamos en Florencia. Es tiempo de Navidad. La ciudad paradigmática del arte renacentista nos brinda una de las imágenes más delicadamente bellas y peculiares que podemos contemplar si buscamos escenas navideñas. Entramos en la iglesia de la Santa Trinità y nos dirigimos hacia una de sus capillas más singulares: la Cappella Sassetti. En este espacio maravilloso, Domenico Ghirlandaio, el tutor que guió los primeros pasos de Miguel Ángel como pintor, desarrolla uno de los ciclos de la vida de San Francisco de Asís más sugerentes de los que jamás se han plasmado en pintura.

Cappella Sassetti, Santa Trinità, Florencia

Cappella Sassetti, Santa Trinità, Florencia

Pero no son estos increíbles frescos los que hoy nos ocupan, si no la pala de altar que el mismo Ghirlandaio pinta para la capilla:

Domenico Ghirlandaio, pala del altar de la Cappella Sassetti

Domenico Ghirlandaio, pala del altar de la Cappella Sassetti

Podemos observar una de las escenas más representadas en la historia del arte relativa a la Navidad. Se trata de la Adoración de los pastores, en este caso, absolutamente sorprendente y considerada una de las obras maestras del pintor. Está fechada en 1485, realizada en témpera sobre tabla, y muestra claramente como Ghirlandaio quiere subrayar el hecho de que el Dios cristiano nace en medio de la cultura pagana. Es evidente que la imagen nos presenta varios elementos de arte clásico perfectamente integrados tanto en el paisaje como en la narración del momento. De hecho, la mula y el buey tienen como pesebre un singular sarcófago romano de magnífico mármol. Este motivo fúnebre no solamente entronca con el arte clásico, también lo hace con la tradición medieval de representar el pesebre donde duerme Jesús, literalmente como un sarcófago, una tumba, presagio de su trágica muerte humana.

María aparece en actitud orante y arrodillada, adorando a su propio Hijo y totalmente ajena a lo que acontece a su alrededor. No es el caso de José, el cual se vuelve, curioso, con la mano en la frente, para poder mirar detalladamente el cortejo que se aproxima. No es una visita cualquiera: son los reyes de Oriente que llegan con su opulento cortejo para rendir homenaje al recién nacido. A la derecha de la escena y en primer plano, vemos a tres pastores adorando al pequeño Jesús. Los estudiosos ven en esta composición la influencia del Tríptico Portinari del flamenco Hugo van der Goes, donde se nos presentan tres pastores retratados de manera totalmente realista, así como a María arrodillada en actitud de adoración al Niño, lo mismo que Ghirlandaio, como señalábamos anteriormente, nos propone en la Cappella Sassetti.

Hugo van der Goes, imagen central del Tríptico Portinari, c. 1477, Galleria degli Uffizi, Florencia, donde vemos a la derecha de la imagen los tres pastores y María adorando al Niño

Hugo van der Goes, imagen central del Tríptico Portinari, c. 1477, Galleria degli Uffizi, Florencia, donde vemos a la derecha de la imagen los tres pastores y María adorando al Niño

Entre los pastores de Ghirlandaio, vemos a uno de ellos que señala con su dedo índice de la mano izquierda al pequeño Jesús. Ese pastor es probablemente el propio pintor que se autorretrata con todo realismo y asume un papel muy relevante en la composición:

Ghirlandaio en la pala Sassetti (detalle)

Ghirlandaio en la pala Sassetti (detalle)

Es extraordinario el realismo de estos retratos y la precisión en la ejecución de todos los detalles que se pintan, influencia clarísima de los maestros flamencos que el pintor italiano asume y explota con auténtica maestría. De este modo, la veracidad de lo que se representa también pasa por gestos comunes, como por ejemplo el hecho de que el Niño se lleva el dedo a la boca, no sabemos si con la mera intención de mostrar que podría ser un bebé cualquiera o para dar muestras de cotidianeidad. Distinguimos la divinidad de este recién nacido, obviamente por la aureola que Jesús luce detrás de su cabecita, el nimbo crucífero, que una vez más nos recuerda el futuro de sacrificio que deberá vivir.

En primer plano, en el suelo, podemos observar un pequeño montón que se compone de una piedra y dos ladrillos. Los estudiosos creen que posiblemente sea una alusión al apellido de los comitentes, es decir, Sassetti. La palabra sasso en italiano quiere decir piedra. Encima de la piedra vemos a un jilguero que, como todo en el arte de esta época, no aparece sin razón. Este delicado pájaro es símbolo de la pasión y resurrección de Cristo. Cuenta la tradición que un jilguero arrancó una espina de la ceja de Cristo cuando estaba padeciendo en la Cruz y que al hacer este gesto para aligerar el dolor del crucificado, le cayó una gota de sangre del mismo encima. Por eso los jilgueros tienen el plumaje de la parte delantera de su cabeza de color intensamente rojo. Fijémonos en el fondo de la obra:

Detalle del fondo de la Adoración de los pastores de Ghirlandaio

Detalle del fondo de la Adoración de los pastores de Ghirlandaio

Arriba, en la parte izquierda podemos ver el Anuncio a los pastores donde un ángel completamente azul, como un querubín con una llama en la frente, sorprende a pastores y ovejas con la Buena Nueva. A la derecha de la imagen y en primer plano vemos una de las columnas que componen el singular portal de Belén de la obra. Encima del capitel de orden corintio, Ghirlandaio nos pinta claramente en cifras latinas el año en que realiza la pintura: MCCCCLXXXV. Y en el paisaje del fondo podemos apreciar dos ciudades, según los estudiosos de la obra, Roma y Jerusalén. Todo es símbolo, todo es significado, todo importa. Es fantástico. Os invito a que disfrutéis de cada ínfimo detalle de la obra, que la paladeéis y que os dejéis transportar a esos tiempos remotos, los renacentistas y los antiguos, mientras escucháis una de las melodías gregorianas más bellas jamás escritas, la antífona Hodie Christus natus est:

Hodie Christus natus est. Hodie salvator apparuit. Hodie in terra canunt angeli, laetantur archangeli. Hodie exsultant justi, dicentes: Gloria in excelsis Deo, Alleluia. Hoy Cristo ha nacido; Hoy el Salvador ha aparecido; hoy en la tierra cantan los ángeles; hoy se alegran los justos diciendo: Gloria a Dios en las alturas, Aleluya.

Feliz Navidad y un prosperísimo Año 2015

 

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EL GENIAL RETRATO DEL PAPA

El 15 de septiembre de 1644 es elegido papa Giovanni Battista Pamphilj, hijo de la ciudad de Roma y de una de las familias más influyentes del momento. Bajo el nombre de Inocencio X, es considerado uno de los papas más hábiles políticamente hablando, pero también uno de los mayores nepotistas que han ocupado la cátedra de San Pedro. Sin ir más lejos, es una evidencia histórica la influencia enorme que su cuñada Olimpia Maidalchini ejerció sobre todas las opiniones del pontífice. Era su consejera principal y prácticamente todas las cuestiones que Inocencio X tenía que decidir, primero pasaban por el filtro de Olimpia, provocando así el odio y el temor de la corte papal hacia su persona. En cuanto a asuntos artísticos, sabemos, por ejemplo, que fue partidario de darle más trabajo a Francesco Borromini que no a Gian Lorenzo Bernini (artistas rivales en ese momento), pero lo cierto es que su afán por embellecer Roma hizo que ejerciera un potente patronazgo de las artes. Gracias a su papel de mecenas, podemos disfrutar hoy de la remodelación extraordinaria de la Piazza Navona en la Ciudad Eterna, con la Fontana dei Quattro Fiumi o la iglesia de Sant’Agnese in Agone.

Escudo papal de Inocencio X donde vemos la paloma con la ramita de olivo, distintivo principal de su emblema

Escudo papal de Inocencio X donde vemos la paloma con la ramita de olivo, distintivo principal de su emblema

Según las crónicas de la época, el papa Inocencio X era un hombre de notable vigor, con gran capacidad de trabajo, de temperamento caliente y violento, poco agraciado físicamente y de maneras, por lo poco, ásperas. De él se escribió que era «alto de estatura, delgado, colérico, malhumorado, con la cara colorada…», que su rostro reflejaba «severidad y dureza» y que «era el más deforme que ha nacido entre los hombres»…además de considerar que tenía el aspecto de un «abogado astuto». Todas ellas apreciaciones intencionadamente ofensivas y que hoy en día tacharíamos de políticamente incorrectas. Bien, pues este papa aparentemente poco apreciado, cuenta con uno de los retratos más extraordinarios que se hayan pintado jamás:

Diego Velázquez, El papa Inocencio X, 1650, 140x120cm, Galleria Doria Pamphilj, Roma

Diego Velázquez, El papa Inocencio X, 1650, 140x120cm, Galleria Doria Pamphilj, Roma

Una de las funciones que Diego Velázquez realizaba para la corona española era la de viajar en busca de obras de arte para engrandecer las colecciones reales. En su segundo viaje a Italia, a estos efectos, está documentado el hecho de que Inocencio X posó para Velázquez en agosto de 1650 en Roma. Y de esa sesión nace el genial retrato del papa. Se ha elogiado innumerables veces la capacidad que poseía el pintor sevillano para captar, plasmar y transmitir la verdadera personalidad de los personajes que retrataba. Este es uno de los casos paradigmáticos en los que lo consigue al máximo exponente. Velázquez firma el retrato en el papel que sostiene el papa en la mano: «Alla Santa di Nro Sigre / Innocencio Xº / Per / Diego de Silva / Velázquez dela Ca / mera di S. Mta Cattca».

Detalle de la firma de Velázquez en el retrato de Inocencio X

Detalle de la firma de Velázquez en el retrato de Inocencio X

El pontífice tiene setenta y cinco años y lo vemos vestido con un alba, un birrete y una capa roja pintados de forma absolutamente sublime. El pintor escoge la forma establecida por Rafael Sanzio para el retrato de pontífices y que el artista de Urbino inaugura con el retrato del papa Julio II:

Rafael Sanzio, El papa Julio II, 1511-12, 108x80,7cm, National Gallery, Londres

Rafael Sanzio, El papa Julio II, 1511-12, 108×80,7cm, National Gallery, Londres

La textura de cada una de las telas que pinta Velázquez en el retrato, los matices infinitos de los rojos de la vestimenta, del sillón y de la cortina de fondo, más el volumen de los blancos, suman un haz de sensaciones indescriptibles…hay que disfrutarlos visualmente y dejarse seducir por cada pincelada, porque ninguna de ellas no tiene pérdida. Los tonos encarnados recuerdan la pintura veneciana de Tiziano o del Veronese y demuestran la maestría indiscutible del pintor en el manejo del cromatismo. El retrato desprende, precisamente en esa preponderancia de rojos exuberantes, la idea de poder aplastante que una figura como la de Inocencio X debe mostrar, pero la expresión del rostro traiciona esta intención para dejar paso a la inquietante personalidad del papa. Velázquez no se corta y retrata lo que ve más allá de la apariencia del pontífice. No en vano, el propio Inocencio X al ver el retrato dijo: «troppo vero», es decir: demasiado real… De hecho, el papa nos dirige su mirada y es imposible permanecer impasibles frente a ella. El mismo papa vio reflejada de tal manera su personalidad en este cuadro, que no fue de su agrado por demasiado sincero, aunque premió al pintor por su trabajo.

Detalle del rostro de Inocencio X, pintado por Velázquez

Detalle del rostro de Inocencio X, pintado por Velázquez

El retrato en seguida fue popular y dio fama justificada a Velázquez, al cual también le debió de gustar el resultado porque regresó a España con una réplica del retrato bajo el brazo. Está considerado uno de los mejores retratos de la Historia del Arte, y lo es sin lugar a dudas. No os perdáis la recreación que el pintor irlandés Francis Bacon hizo de esta obra. Desde luego, tampoco os dejará indiferentes…
En tiempo de renuncias papales, nos despedimos de Benedicto XVI, quedando en manos del camarlengo y a la espera de la fumata blanca:

El papa y San Pedro al fondo...