… A PROPÓSITO DE FERRARA

Situémonos a finales del siglo XVI, en una Ferrara potente y próspera, concretamente en la corte de la familia d’Este, los gobernantes de esta localidad de la Emilia-Romagna. Desde 1559, Alfonso II d’Este, duque de Ferrara, Módena y Reggio dirige la ciudad y será, junto a su tercera esposa Margherita Gonzaga d’Este, quién propiciará el prodigio que relataremos a continuación.

 

Castillo estense, la residencia en Ferrara de la familia d’Este. Podemos ver en la imagen el monumento al controvertido ferrarés Savonarola

El papel de las mujeres en la interpretación de la música en aquellos tiempos estaba relegado a los ambientes privados y era una forma de proceder que se extendió durante siglos. Recordemos, por ejemplo, que los roles femeninos de las óperas barrocas de temática mitológica, histórica, heroica, etc., eran desempeñados por los castrati, cantantes castrados con aptitudes vocales particularmente espectaculares y especiales. Esta dinámica se rompió temporalmente en la corte ferraresa de los Este. La historia no está muy de acuerdo en quién fue el verdadero impulsor del fenómeno que narraremos. Unas fuentes dicen que debemos el hecho al citado Alfonso II y otras recalcan que la idea salió de la capacidad emprendedora de su esposa Margherita. El caso es que en torno a 1580 en Ferrara se hizo realidad el Concerto delle Donne, el concierto de las damas, en plena corte estense.

Consistía básicamente en conciertos ofrecidos públicamente por tres cantantes femeninas, acompañadas por instrumentos y otras muchas veces por cantantes masculinos, que ofrecían recitales de altísimo nivel, los cuales aportaron prestigio internacional a la corte de los d’Este y que generaron composiciones a la carta, virtuosísimas y con un estilo de creación vocal único e inconfundible.

Tres damas renacentistas interpretando música. Bien podrían ser nuestras prestigiosas concertistas

 Sabemos quiénes eran estas famosas damas: Laura Peperara, Anna Guarini y Livia d’Arco y podemos constatar que oficialmente figuraban en la corte como damas de compañía de Margherita Gonzaga. Tenemos noticia de sus aptitudes vocales e instrumentales, ya que aparte de cantar, Laura tocaba el arpa, Anna el laúd y Livia la viola. Las crónicas cuentan que ensayaban y cantaban unas seis horas al día y que su personalidad en la corte estense estaba envuelta de misterio y encanto.

Trabajaban en la corte otros músicos y compositores que contribuyeron al buen hacer de las damas. Entre ellos destacaron Ippolito Fiorini y el más influyente: Luzzasco Luzzaschi, el cual compuso específicamente para el Concerto delle Donne, creando el exclusivo estilo vocal del que hemos hablado anteriormente, y que consistía en una exigencia vocal extrema, con multitud de ornamentos para ser cantados pulcramente y con el uso de las disonancias expresivas que más adelante el compositor Claudio Monteverdi llevaría a lo sublime.

Partitura de Luzzasco Luzzaschi para el Concerto delle Donne, con la composición O dolcezz’amarissime d’amore

Es legendaria la belleza de las voces de estas tres intérpretes, así como su elegancia, su maestría y virtuosismo y su magnetismo personal. Tal fue la fama que adquirieron, que poetas de primer orden como Torquatto Tasso, Gian Battista Guarini (por cierto, padre de una de nuestras tres damas, Anna Guarini), Ridolfo Arlotti o Ottavio Rinuccini les dedicaron poesía, básicamente madrigalística, la cual fue puesta en música por compositores de primer nivel como Orazio Vecchi, Luca Marenzio, Alessandro Striggio, Marc’Antonio Ingegneri, Giaches de Wert o Carlo Gesualdo.

Luzzasco Luzzaschi

Este experimento artístico proporcionó un cambio en la consideración de las mujeres respecto a la música. Se crearon grupos a imagen y semejanza en otras ciudades italianas como Florencia e incluso en el sur de Alemania, y lo más interesante de todo, las damas empezaron a poder estudiar y practicar música de forma pública en las cortes influyentes de la época.

Portada de una publicación de Luzzasco Luzzaschi para la corte de Alfonso II d’Este

 Os invito a que escuchéis composiciones escritas para el Concerto delle Donne, que disfrutéis y os dejéis llevar por el universo sonoro que nos regalan y transportan a otros gustos, a diferentes realidades sonoras por descubrir y para gozar. Piezas como Aura soave, O dolcezz’amarissime d’amore, O primavera gioventù dell’anno, Occhi del pianto mio, T’amo mia vita… de Luzzasco Luzzaschi, no os las podéis perder…

GIULIO ROMANO Y LA MANTUA DEL PALAZZO TE

Podemos sorprendernos por muchas razones cuando nos disponemos a admirar las obras de arte. Si esta admiración, además, implica contenido y continente, entonces debemos remitirnos a monumentos como el Palazzo Te de Mantua, la ciudad asomada a una bellísima laguna. Esta singular edificación, exponente al máximo nivel del Manierismo, es obra de Giulio Romano, el cual la proyecta arquitectónicamente y la decora en su interior con un espléndido, alucinante y rebosante repertorio de frescos.

Vista exterior del Palazzo Te, edificado entre 1524 y 1534 por Giulio Romano

El artista llega a Mantua en 1524  requerido por el mandatario del momento, Federico II Gonzaga y con el encargo de hacer de la ciudad y de la corte mantuana un lugar de referencia cultural, artística y de vanguardia. La función del palacio no es otra que la de uso y disfrute de Federico II Gonzaga y sus allegados. Es una construcción para el ocio, el goce y la diversión, como bien lo demuestran sus decoraciones, sin olvidar que toda la temática de los frescos que lo recubren conlleva un enorme contenido simbólico e intelectual y un gran conocimiento de la mitología greco-romana. Muestra de este despliegue increíble de saber visual es el recuento de estancias con pinturas asociadas: Sala de los Caballos, Cámara de Amor y Psique, Cámara del Sol y de la Luna, Cámara de los Vientos, Cámara de los Emperadores, Cámara de las Cariátides o Cámara de los Gigantes, entre muchas otras. Describir el momento en que nos adentramos en una de las cámaras como la de los Gigantes, pintada desde la base del suelo hasta el confín del techo con multitud de figuras en movimiento, es una tarea casi imposible por lo impresionante de la sensación.

Bóveda con falsa cúpula pintada de la Cámara de los Gigantes, con la caída de estos colosos y el triunfo del nuevo panteón de Dioses

El arte nos engulle literalmente y no podemos más que disfrutar de cada instante, de cada detalle, de cada visión espectacular.

Es interesante que nos detengamos un momento en el artífice que hace realidad esta obra de arte integral: Federico II Gonzaga, duque de Mantua. De hecho, Federico es el primer duque de Mantua, al recibir en 1530 la elevación del título que ostentaba la familia, por parte del emperador Carlos V, y que hasta ese momento era un marquesado. Federico era un gran mecenas de las artes, como hemos podido constatar. Llama a su corte a artistas de la talla de Tiziano o Correggio, a quién encarga obras mitológicas. Precisamente en el Museo Nacional del Prado podemos admirar uno de los retratos que Tiziano pinta del duque:

Retrato de Federico II Gonzaga, pintado por Tiziano en 1529

El empeño, la potencia y el gusto por la ostentación del poder permite que dirigentes como Federico II inviertan riqueza en las creaciones artísticas que hoy admiramos. Esta potencia de las ciudades-estado italianas era manifiesta y reconocida a nivel europeo. Mantua era un núcleo importantísimo y una referencia de prestigio militar y cultural indiscutible y, en consecuencia, sus gobernantes se erigían como ejemplo de las virtudes más relevantes de la época y como muestra de ejemplo político. Prueba de la importancia y la transcendencia pública que irradiaban estos personajes la tenemos en los frescos que Rafael pinta en las estancias vaticanas. Concretamente en La Escuela de Atenas, el artista retrata a nuestro Federico II Gonzaga, jovencísimo, en aquellos momentos retenido por el Papa en Roma por razones políticas. En una obra que quiere ensalzar las cualidades del pensamiento, el matiz político no pasa desapercibido y la dimensión pública de la familia Gonzaga deja su huella inequívoca en el devenir de la historia:

Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, hacia 1510 (detalle del retrato de Federico II Gonzaga)

Para concluir nuestra visita mantuana, recalcar que visitar el Palazzo Te es indispensable si queremos experimentar el atrevimiento de la arquitectura manierista, la inmersión en un arte sorprendente a cada paso y la traslación al pensamiento desbordante de finales del Renacimiento italiano encarnado en una de las cortes más prestigiosas y espléndidas de la Italia de la época. Por cierto, el nombre de este palacio, nada tiene que ver con el té…