EL GENIAL RETRATO DEL PAPA

El 15 de septiembre de 1644 es elegido papa Giovanni Battista Pamphilj, hijo de la ciudad de Roma y de una de las familias más influyentes del momento. Bajo el nombre de Inocencio X, es considerado uno de los papas más hábiles políticamente hablando, pero también uno de los mayores nepotistas que han ocupado la cátedra de San Pedro. Sin ir más lejos, es una evidencia histórica la influencia enorme que su cuñada Olimpia Maidalchini ejerció sobre todas las opiniones del pontífice. Era su consejera principal y prácticamente todas las cuestiones que Inocencio X tenía que decidir, primero pasaban por el filtro de Olimpia, provocando así el odio y el temor de la corte papal hacia su persona. En cuanto a asuntos artísticos, sabemos, por ejemplo, que fue partidario de darle más trabajo a Francesco Borromini que no a Gian Lorenzo Bernini (artistas rivales en ese momento), pero lo cierto es que su afán por embellecer Roma hizo que ejerciera un potente patronazgo de las artes. Gracias a su papel de mecenas, podemos disfrutar hoy de la remodelación extraordinaria de la Piazza Navona en la Ciudad Eterna, con la Fontana dei Quattro Fiumi o la iglesia de Sant’Agnese in Agone.

Escudo papal de Inocencio X donde vemos la paloma con la ramita de olivo, distintivo principal de su emblema

Escudo papal de Inocencio X donde vemos la paloma con la ramita de olivo, distintivo principal de su emblema

Según las crónicas de la época, el papa Inocencio X era un hombre de notable vigor, con gran capacidad de trabajo, de temperamento caliente y violento, poco agraciado físicamente y de maneras, por lo poco, ásperas. De él se escribió que era «alto de estatura, delgado, colérico, malhumorado, con la cara colorada…», que su rostro reflejaba «severidad y dureza» y que «era el más deforme que ha nacido entre los hombres»…además de considerar que tenía el aspecto de un «abogado astuto». Todas ellas apreciaciones intencionadamente ofensivas y que hoy en día tacharíamos de políticamente incorrectas. Bien, pues este papa aparentemente poco apreciado, cuenta con uno de los retratos más extraordinarios que se hayan pintado jamás:

Diego Velázquez, El papa Inocencio X, 1650, 140x120cm, Galleria Doria Pamphilj, Roma

Diego Velázquez, El papa Inocencio X, 1650, 140x120cm, Galleria Doria Pamphilj, Roma

Una de las funciones que Diego Velázquez realizaba para la corona española era la de viajar en busca de obras de arte para engrandecer las colecciones reales. En su segundo viaje a Italia, a estos efectos, está documentado el hecho de que Inocencio X posó para Velázquez en agosto de 1650 en Roma. Y de esa sesión nace el genial retrato del papa. Se ha elogiado innumerables veces la capacidad que poseía el pintor sevillano para captar, plasmar y transmitir la verdadera personalidad de los personajes que retrataba. Este es uno de los casos paradigmáticos en los que lo consigue al máximo exponente. Velázquez firma el retrato en el papel que sostiene el papa en la mano: «Alla Santa di Nro Sigre / Innocencio Xº / Per / Diego de Silva / Velázquez dela Ca / mera di S. Mta Cattca».

Detalle de la firma de Velázquez en el retrato de Inocencio X

Detalle de la firma de Velázquez en el retrato de Inocencio X

El pontífice tiene setenta y cinco años y lo vemos vestido con un alba, un birrete y una capa roja pintados de forma absolutamente sublime. El pintor escoge la forma establecida por Rafael Sanzio para el retrato de pontífices y que el artista de Urbino inaugura con el retrato del papa Julio II:

Rafael Sanzio, El papa Julio II, 1511-12, 108x80,7cm, National Gallery, Londres

Rafael Sanzio, El papa Julio II, 1511-12, 108×80,7cm, National Gallery, Londres

La textura de cada una de las telas que pinta Velázquez en el retrato, los matices infinitos de los rojos de la vestimenta, del sillón y de la cortina de fondo, más el volumen de los blancos, suman un haz de sensaciones indescriptibles…hay que disfrutarlos visualmente y dejarse seducir por cada pincelada, porque ninguna de ellas no tiene pérdida. Los tonos encarnados recuerdan la pintura veneciana de Tiziano o del Veronese y demuestran la maestría indiscutible del pintor en el manejo del cromatismo. El retrato desprende, precisamente en esa preponderancia de rojos exuberantes, la idea de poder aplastante que una figura como la de Inocencio X debe mostrar, pero la expresión del rostro traiciona esta intención para dejar paso a la inquietante personalidad del papa. Velázquez no se corta y retrata lo que ve más allá de la apariencia del pontífice. No en vano, el propio Inocencio X al ver el retrato dijo: «troppo vero», es decir: demasiado real… De hecho, el papa nos dirige su mirada y es imposible permanecer impasibles frente a ella. El mismo papa vio reflejada de tal manera su personalidad en este cuadro, que no fue de su agrado por demasiado sincero, aunque premió al pintor por su trabajo.

Detalle del rostro de Inocencio X, pintado por Velázquez

Detalle del rostro de Inocencio X, pintado por Velázquez

El retrato en seguida fue popular y dio fama justificada a Velázquez, al cual también le debió de gustar el resultado porque regresó a España con una réplica del retrato bajo el brazo. Está considerado uno de los mejores retratos de la Historia del Arte, y lo es sin lugar a dudas. No os perdáis la recreación que el pintor irlandés Francis Bacon hizo de esta obra. Desde luego, tampoco os dejará indiferentes…
En tiempo de renuncias papales, nos despedimos de Benedicto XVI, quedando en manos del camarlengo y a la espera de la fumata blanca:

El papa y San Pedro al fondo...

LOS CARDUCHO DE EL PAULAR

Una buena manera de conocer arte que nos pueda sorprender es acercarnos a nuestras producciones artísticas. Es el caso del Real Monasterio de El Paular, ubicado a unos dos kilómetros del núcleo poblacional de Rascafría, en el Valle del Alto Lozoya, en plena sierra madrileña y en el riquísimo entorno del parque natural de Peñalara.

El Real Monasterio de El Paular

En origen, el monasterio perteneció a la Orden de los Cartujos y es fundación real fechada en 1390, de hecho, fue la primera cartuja de Castilla y la sexta en territorio español. Por circunstancias históricas diversas, actualmente la vida monástica sigue activa, pero los monjes que la llevan a cabo son benedictinos.

Sobra decir que la visita al monasterio es altamente recomendable, no solo por donde está situado sino también por las sorpresas artísticas que custodia. Nuestro objetivo en ese sentido se dirige hacia el claustro mayor del monasterio. Contiene, perfectamente integrados en su arquitectura gótica flamígera, nada más y nada menos que cincuenta y dos lienzos pintados por el florentino afincado en la corte española Vicente Carducho (c.1576-1638), donde se plasma la historia de los cartujos y de su fundador San Bruno.

Escudo de los cartujos, situado en el claustrillo de El Paular, donde vemos las siete estrellas que simbolizan a San Bruno y a sus primeros seis compañeros con quiénes fundó la primera cartuja en Chartreuse (1098)

 Han llegado hasta nuestros días cincuenta y dos pinturas de las cincuenta y cuatro de toda la serie, así como algunos bocetos y dibujos. Lo peculiar del asunto es que estas sugerentes telas de tamaño considerable: 3,45×3,15 m, estuvieron en su emplazamiento hasta la 1835. Con la desamortización aplicada a los bienes eclesiásticos, las pinturas fueron trasladadas al convento de la Trinidad de Madrid. Allí estuvieron aletargadas hasta 1872, cuando pasaron a formar parte de los fondos del Museo del Prado. Por sus grandes dimensiones, no fue posible ni su exhibición ni su almacenamiento, así que se repartieron entre A Coruña, Valladolid, Jaca, Burgos, Sevilla, Córdoba, Zamora, Tortosa y Poblet. Durante la Guerra Civil los dos lienzos trasladados a Tortosa desgraciadamente desaparecieron.

Por fortuna, y después de un largo proceso de restauración y negociación, desde julio de 2011 podemos ver los cincuenta y dos lienzos cartujanos colocados definitivamente en su emplazamiento original. La sensación es prácticamente indescriptible. Pasear por el precioso claustro y poder contemplar estas enormes obras perfectamente armonizadas con la estructura arquitectónica que las acoge es una experiencia artística completa e irrepetible, sobre todo si tenemos en cuenta que se ha hecho justicia y se ha podido reunir, para nuestro disfrute, una obra desmembrada.

Claustro mayor de El Paular con los lienzos restablecidos de Carducho, pintados entre 1626 y 1632

Las pinturas se dividen en dos grupos definidos: las veintisiete primeras ilustran la vida de san Bruno, desde el día que abandona la vida pública y se retira a Chartreuse, hasta el momento de su muerte y el primer milagro que produce. El segundo grupo está dedicado a hechos notorios que los cartujos realizan por diferentes países europeos y en épocas diversas, los cuales comprenden episodios que van desde el siglo XI hasta el XVI. Este ciclo cartujano contiene además escenas que quieren reforzar la imagen de los monjes como héroes de la fe, como mártires de la Orden Cartujana y como ejemplo de estudio, sacrificio y contemplación divina. Carducho refleja en estas obras la esencia de la religiosidad barroca, la cual pretende que el espectador se identifique con el sufrimiento del personaje representado y, a través de la devoción, se conmueva y refuerce la fe en sus creencias religiosas.

Muerte del venerable Odón de Novara, lienzo de El Paular, por Vicente Carducho

Carducho fue uno de los pintores más prestigiosos y valorados de la corte madrileña. Llegó a territorio español de niño -en 1585-, con su hermano Bartolomé, también pintor, procedente de Florencia y en calidad de su ayudante, para formar parte del equipo de artistas que en ese momento estaban trabajando en San Lorenzo del Escorial. Al cabo de los años, y por su talento manifiesto, adquirió rango de pintor de corte, compartiendo este título con Velázquez. Dicen las malas lenguas que rivalizó ferozmente con él, aunque si nos ceñimos a la realidad documentada, los dos pintores ejecutaron obras de temática muy distinta en la corte. De este modo, el sevillano se ocupaba más de pintura profana y retratos de corte, mientras que el italiano realizaba obras de tema religioso e histórico.

Lo cierto es que Carducho nos demuestra en las telas de El Paular que dominaba perfectamente el naturalismo propio de la época, la concepción del espacio, la capacidad de narrar mediante imágenes precisas, la movilidad de las figuras, la utilización de la gestualidad expresiva barroca, el dominio del color y la luz y la plasmación de la vivencia mística y extática a través de las visiones divinas. No en vano Carducho es el autor de uno de los tratados de pintura más importantes e influyentes de la época, los Diálogos de la Pintura (1633), obra de referencia –incluso hoy en día- para entender el pensamiento artístico del Barroco. Todas estas cualidades las vemos reflejadas, por ejemplo, en la Muerte del venerable Odón de Novara, que podemos contemplar arriba. Disfrutad del color, del contraste de luz y sombra, de la delicadeza gestual, de la expresividad intensa del momento y de la integración barroca de lo terrenal y lo divino. Totalmente extraordinario.

Por cierto, se dice que el personaje arrodillado delante del moribundo cartujo es un autorretrato del propio Carducho…